Capítulo I: Primera palabra de Dios sobre el Matrimonio
I,1. “Bereshit” (בְּרֵאשִׁית); “En el principio”: una frase clave.
Tratar de saber qué piensa Dios del matrimonio parece ser una fanfarronada. ¿Cómo saberlo? Para el hombre común y corriente puede ser que sí sea una fanfarronada, o una imposibilidad total. No es así, sin embargo, para quienes creen que Dios, de múltiples maneras, nos ha dejado saber detalles sobre sí mismo y sobre lo que Él piensa de muchos temas. Estos detalles constituyen el contenido de lo que conocemos como la “Revelación”. Y entre las cosas que la Revelación nos ha dejado en claro está lo que piensa Dios sobre el matrimonio. Ha sido nada menos que el mismo Jesucristo, Hijo de Dios, quien nos ha dado la pauta principal para tener acceso a ese pensamiento.
En el evangelio de Mateo, en unos cuantos versículos -3 a 8- del capítulo 19, cuyo texto usaremos para desarrollar este tema, Jesús pone de manifiesto lo central del pensamiento divino respecto a la institución matrimonial. El evangelio de Marcos contiene un texto casi idéntico (Mc 10, 6-8) pero en este capítulo nos ceñiremos al de Mateo. La clave que nos revela ese pensamiento es una frase que Cristo repite dos veces en el mismo pasaje, a saber: “Al principio”.
El “principio” del que habla el Señor no es simplemente lo que consideramos como el inicio de algo, como el comienzo de una acción que luego terminará. Es mucho más que eso. A lo que Él se refiere es al principio del que habla el primer versículo del libro del Génesis. Ese principio lo expresa la Biblia hebrea con la palabra “bereshit”. Es la primera palabra de toda la Biblia (Gn 1,1):
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra”.
Se trata, en pocas palabras, del inicio de todo, del instante mismo en que, a partir de la nada, principia la existencia del mundo; del momento en que el universo adquiere la existencia, que antes no tenía, a partir de la idea y de la obra del Creador. Es difícil, más aún, es imposible para los seres humanos imaginarnos la nada, constreñidos como estamos por nuestra experiencia del tiempo y del espacio. Quizás podamos llegar a imaginar el vacío físico, logrado a través de maniobras científicas, pero el vacío de la química o de la física es simplemente otra realidad del mundo material, ubicada en el espacio y el tiempo, que no guarda relación alguna con la nada. La nada es exactamente lo que su nombre significa: la nada. Cuando hablamos del “principio” hablamos del “momento” en que de la nada surgió la existencia.
En ese contexto, además, “principio” no únicamente se refiere a ese primer “momento”, determinable o medible con relojes o calendarios, en que inicia la historia del universo, sino más bien a lo que se conoce como el “Kairós” de Dios: el “momento” en el que las “decisiones” eternas de Dios se convierten en realidades dentro del mundo creado, temporal. Ese “en el principio” se refiere a lo que constituye el fundamento de la existencia real de todas las cosas y de su significabilidad; a lo que hace posible e inteligible todo ser; aquello sin lo cual nada existiría ni sería objeto de la inteligencia. Edith Stein, la célebre filósofa y escritora alemana, judía conversa al catolicismo y víctima de los nazis en Birkenau-Auschwitz, tiene un párrafo que ilustra bien este punto, refiriéndose al ser humano personal: “Mi ser, tal como yo lo encuentro y tal como yo me encuentro en él, es un ser vano; yo no existo por mí mismo y por mí mismo nada soy; me encuentro a cada instante ante la nada y se me debe hacer el don del ser momento tras momento. Y sin embargo este ser vano es un ser y por eso yo toco a cada instante la plenitud del ser… El Yo parece estar más cerca del ser puro, puesto que no llega solamente por un solo momento al nivel del ser, sino que es conservado en el ser a cada instante, no en cuanto al ser sin cambio, sino en cuanto a que posee un contenido de vida continuamente cambiante… En mi ser yo me encuentro entonces con otro ser que no es el mío, sino que es el sostén y el fundamento de mi ser que no posee en sí mismo ni sostén ni fundamento” ( “Ser finito y ser eterno. Ensayo de una ascensión al sentido del ser”, pp. 72-75. Ed. Cultura Económica, México, 1994, en “La persona humana en el pensamiento de Edith Stein”, Alejandro Calva Amsler. ocdmx.org ). Cuando hablamos de la existencia de algo hablamos de seres individuales, inteligibles como algo específico, o sea como dotados de una serie de elementos que los hacen inteligibles a la mente humana y distinguibles de los demás seres que conforman el universo. Esa propiedad de los seres de existir como individuos inteligibles tiene su origen en aquel principio que hizo posible su existencia. Lo que hace existir a los seres del universo es también aquello que los hace existir como “algo”; es la realidad fundante, el principio, de la realidad de cada ser
A este principio de existencia, de realidad e inteligibilidad, del que habla el libro del Génesis en el versículo citado por Jesús, la Biblia lo llama “Dios”. Y del mismo modo lo han venido haciendo generaciones y generaciones de seres humanos, en tantas formas como lenguas humanas hay. De Dios le viene a cada ser su existencia misma, su posibilidad de existir y de ser reconocido como el ser que es: animal, planta, mineral, hombre o ángel. Aristóteles, Tomás de Aquino y muchos otros de los más reconocidos pensadores que a través de los siglos han puesto su confianza en la realidad, dirán que cada ser existe como el ser que es porque posee una naturaleza, una esencia, propia y peculiar. El tiburón es tiburón y no ballena, ni delfín, ni tigre, ni conejo, ni oro, ni zinc, ni agua, ni mujer ni ninguna otra cosa porque su esencia es la propia y única de los tiburones. Gracias a que con nuestra razón somos capaces de captar esa esencia o naturaleza, los seres humanos distinguimos a un tiburón cuando lo vemos; sabemos lo que es y no lo confundimos con ningún otro ser. Y ello es así por la sencilla razón de que Dios así lo determinó. Dios es el principio de la existencia y de la inteligibilidad de cada ser. Esta es la respuesta que dan la razón y la fe -gracias a la Revelación- a la pregunta que la humanidad se ha hecho desde que empezó a sentir curiosidad de saber cómo era posible que pudiéramos identificar y distinguir a los seres del universo.
Puesto que todos los seres fueron creados, existen y son inteligibles gracias a ese principio que los sacó de la nada en el comienzo de la historia, sus naturalezas no dependen de ellos mismos. La naturaleza de los seres, lo que cada ser es, no es algo que ellos mismos, en forma individual, puedan concebir e inventar, sino que es algo totalmente dependiente del principio de la existencia. Las naturalezas son inmutables. Ningún ser humano podría, por ejemplo, decidir dejar de serlo y transformarse en un animal, un vegetal o un mineral. El conocimiento de la verdadera naturaleza, y de los fines, de los seres plantea con frecuencia grandes retos a la inteligencia humana, a los cuales esta última intenta responder con la ciencia. Pero la ciencia no se puede atribuir jamás la autoría final de la naturaleza, o esencia, de los seres. Enseña el escritor sagrado en el libro de la Sabiduría (Sab 7,15-20):
“Concédame Dios hablar según Él quiere y concebir pensamientos dignos de sus dones, porque Él es quien guía a la Sabiduría y quien dirige a los sabios. Nosotros y nuestras palabras, con toda nuestra prudencia y destreza en el obrar, estamos en sus manos. Fue él quien me concedió un conocimiento verdadero de los seres, para conocer la estructura del mundo y la actividad de los elementos, el principio, el fin y el medio de los tiempos, los cambios de los solsticios y la sucesión de las estaciones, los ciclos del año y la posición de las estrellas, la naturaleza de los animales y los instintos de las fieras, el poder de los espíritus y los pensamientos de los hombres, las variedades de las plantas y las virtudes de las raíces”.
El libro de Job (Job 39,27) describe con aguda ironía los límites de la ciencia en la pregunta que hace Dios al protagonista de la obra:
“¿Por orden tuya se remonta el águila y coloca su nido en las alturas?”.
La sexualidad, el matrimonio y la familia también existen y son lo que son porque Dios así lo determinó al principio; porque así estaban en su mente desde la eternidad, a modo de una idea eterna que Él tenía de esas realidades. Era como el contenido de su inteligencia y su sabiduría infinitas. Los libros sapienciales de la Sagrada Escritura describen esta realidad cuando, acerca de la sabiduría divina, modelo de toda la creación, hacen decir al sabio:
“Contigo está la Sabiduría que conoce tus obras, que estaba presente cuando hacías el mundo, que sabe lo que es agradable a tus ojos, y lo que es conforme a tus mandamientos” (Sab 9,9)
Ya en el Nuevo Testamento, el evangelio de san Juan magistralmente dirige de nuevo nuestra atención al principio, aunque su autor, obviamente, utiliza el equivalente griego de “bereshit”, o sea, “En arjé” (Ἐν ἀρχῇ). Y afirma que en el principio, en ese momento primordial de la creación del universo, lo único que existía era Dios y su sabiduría, que el evangelista llama “Verbo”. ”Logos” en griego. El cuarto evangelio, siguiendo el ejemplo de los sabios hebreos de antaño, describe esta sabiduría como algo coexistente desde la eternidad al lado de Dios. Para ello utiliza el concepto griego del “logos”: la idea, la verdad, el modelo al que se ajusta toda existencia. San Juan (Jn 1,1-3), como el libro del Génesis, comienza diciendo:
“En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe”.
Cuando Cristo, hablando del matrimonio -en el texto de san Mateo mencionado arriba- hace referencia al “principio” como el lugar o momento hacia el que hay que dirigir la mirada para entender lo que Dios piensa al respecto, se refiere al plan que existió desde toda la eternidad en la mente de Dios. En otras palabras, lo que el Señor hace al responder a la pregunta que los judíos le plantean sobre el matrimonio- en el evangelio de Mateo- es enviarlos a releer lo que Dios reveló sobre su voluntad original a través de la naturaleza creada; sobre la voluntad que guió su poder al crear el mundo al principio: su sabiduría contenida en su Logos, en su Palabra. La Carta a los Colosenses (Col 1,15-17) parece sugerir que esa idea original en la que Dios se basó para crear al hombre es el mismo Cristo, su Palabra encarnada:
“Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por Él y para Él; Él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en Él su consistencia”.
San Agustín, profundo filósofo y teólogo, doctor de la Iglesia, ahonda en lo anterior en su tratado ( De Trinitate 7,3,5) sobre la Santísima Trinidad: “Por esto, cuando en las Escrituras se dice o narra algo acerca de la sabiduría, ya sea que hable ella misma, ya sea que se hable de ella, lo que queda más claramente insinuado es la persona del Hijo. A imitación de esta Imagen, no nos distanciemos de Dios, pues también nosotros somos imágenes de Dios; pero no una imagen igual, sino hecha por el Padre mediante su Hijo; no nacida, como aquélla, del Padre”.
Y, a juzgar por el texto de san Juan citado párrafos arriba, la sexualidad, el amor humano y el matrimonio, creaturas creadas al igual que el resto del universo, también tienen como destino final a ese Verbo, Cristo, en quien -dirá luego san Pablo (Fil 1,10)- Dios piensa:
“Recapitular todas las cosas del cielo y de la tierra”.
Es el mismo Jesucristo, educado desde niño en el manejo de la Escritura Sagrada, como buen israelita que es, quien invita a sus interlocutores a releerla desde sus primeras páginas, allí donde quedó claramente manifiesta la voluntad de Dios en el Kairós inicial. Quienquiera que, siguiendo el consejo de Jesús, dedique con atención un tiempo a escrutar en el libro del Génesis los párrafos en los que se narra la creación del hombre, en los que se menciona “el principio” de la historia humana y de la realidad e inteligibilidad de los seres, podrá entender claramente la naturaleza y la finalidad de la sexualidad, del amor, del matrimonio y de la familia.
Esto último ha sido precisamente lo que la Iglesia ha enseñado durante siglos y en forma especialísima han acentuado los pontífices más recientes. Juan Pablo II incluso dedicó a este tema más de cien sesiones de catequesis que hoy día forman un cuerpo doctrinal conocido como “Teología del Cuerpo”, cuya influencia estará presente en la mayor parte de las reflexiones que forman el cuerpo de este libro.
Y todo empezó por “bereshit”, “el principio”, anterior a cualquier intento humano de definición, de legislación, de institución.
"Sin embargo, para nosotros hay un solo Dios: el Padre. De él vienen todas las cosas y para él existimos nosotros. Y hay un solo Señor, Cristo Jesús, por quien existen todas las cosas, y también nosotros existimos por él". (I Cor 8,6)
I,2. La referencia bíblica de Jesús.
El texto del capítulo 19 del evangelio de Mateo del que hemos hecho mención, y los comentarios sobre “el principio”, están enmarcados en esa pregunta planteada a Jesús por los fariseos, en el versículo 3 de dicho texto, acerca de las causas que podrían justificar el divorcio.
“Y se le acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?”
Hasta ese momento, el divorcio, o mejor, el repudio de la esposa por parte del marido era algo que no solamente formaba parte de las costumbres sociales y familiares judías, sino que incluso estaba legalmente normado en Israel. Basta leer el capítulo 24 del Deuteronomio para constatarlo. El primer versículo de ese capítulo autoriza al esposo a repudiar a su mujer ¡casi por cualquier causa!:
“Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le redactará un libelo de repudio, se lo pondrá en su mano y la despedirá de su casa”.
No distaban mucho las leyes de aquellos pueblos antiguos de las que hoy en día norman la vida matrimonial, y las causas de divorcio, de muchos países.
Ahora bien, es fácil suponer que la presencia de los fariseos ante Jesús para cuestionarlo sobre el tema se debe a que Él anteriormente ya había hecho mención del tema en sus predicaciones y a que su enseñanza contrariaba la legislación vigente entonces. Veamos, como muestra de ello, lo que dice al respecto el Sermón de la Montaña, en el evangelio de Mateo (Mt 5,31):
“También se dijo: El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio. Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio”.
Los fariseos buscan sorprender a Jesús “in fraganti” mientras Él enseña cosas opuestas a la ley de Moisés, con objeto de poderlo poner en evidencia ante el pueblo y ante la autoridad religiosa, o por lo menos de tratar de disminuir su popularidad y su poder de convocatoria.
La forma como Jesús responde, afirmando con toda claridad su enseñanza y al mismo tiempo evitando caer en la trampa de los opositores, es muy simple: acude a la Sagrada Escritura, fuente original de toda ley y costumbre hebreas. Para ello les recuerda a sus oyentes dos pasajes distintos del libro del Génesis. Y en dos ocasiones subraya que la enseñanza transmitida por esos pasajes del Libro Sagrado constituye lo “del principio”, o sea, la voluntad original de Dios respecto al matrimonio. Toda ley humana en torno al amor entre un hombre y una mujer, a la sexualidad y al matrimonio (y en torno a cualquier otro asunto de la vida humana) debería partir de ese principio, es lo que dice Jesús.
De acuerdo al texto de Mateo (Mt 19,4-6), en vez de responder directamente a la pregunta que le acababan de hacer sus interlocutores fariseos, Jesús los interroga. Los cuestiona sobre unas palabras del libro del Génesis:
“¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”.
Esas palabras las tomó Jesús de los dos primeros capítulos del Génesis (Gn 1,27; 2,24). Y de las palabras que Él citó conviene destacar en este momento los dos puntos que Él subraya en esta parte de su respuesta a los fariseos.
Ante todo, es indispensable notar el acento que pone Él en “desde el principio”. La llamada de atención a los fariseos inicia con el recuerdo de las primeras palabras de la Biblia, enlazadas por Jesucristo con otros versículos del Génesis en donde se describe la escena de la creación del hombre. La acción creadora de Dios en aquel momento inicial necesariamente correspondió a su proyecto original, aquel que había sido “definido” por su sabiduría desde la eternidad, y que consistió en crear al ser humano en dos versiones: varón y mujer. Esa acción, sin embargo, no constituye un fin en sí misma, sino que Dios la lleva a cabo con el fin de que las dos versiones del ser humano se unan de tal modo que formen una sola carne. La unión de varón y mujer en una carne, unión tan fuerte que es capaz de superar incluso los vínculos familiares más poderosos, como es el caso de la relación entre padres e hijos, es el plan primario de Dios sobre el hombre.
Con esta referencia al texto sagrado que describe la voluntad divina original sobre el matrimonio, Jesús responde a la pregunta de sus adversarios. Ahí tienen la respuesta -les contesta- salida de la boca misma de Dios. Y la conclusión es evidente: la unión de hombre y mujer, el impulso natural de ellos y ellas a buscarse mutuamente y a unirse, no depende de decisiones o leyes humanas; ningún veredicto de la autoridad humana puede disolver lo que ya es “una sola carne”. La naturaleza, la esencia, de esa unión no es algo que pueda ser establecida por legislador alguno, puesto que ya estaba en la sabiduría divina desde antes de que iniciara la historia del universo.
Lo que corresponde a los legisladores, a la razón humana, es reconocer la naturaleza de la relación unitiva de hombre y mujer, y establecer todas las normas e instituciones que sean necesarias para que dicha relación logre su finalidad. Conviene, sin embargo, antes de entrar en ese aspecto del tema, considerar un punto que debe servir de punto de observación fundamental para todo el tratamiento del matrimonio contemplado desde los ojos de Dios. Nos será muy útil detenernos momentáneamente aquí en este punto; podremos percibir de forma más clara la grandeza de esta institución divina a la que los hombres llamamos matrimonio. Se trata de reflexionar sobre la naturaleza y finalidad de lo que conforma a cada uno de los dos miembros de la unión matrimonial: la persona humana, la realidad concreta de cada mujer y cada varón desde la mirada del Creador.
I.3. El ser humano que Dios creó.
En primer lugar, conviene volver al texto citado por Jesús del capítulo primero del Génesis. Su versículo 27 dice:
“Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya; a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó”.
El ser humano, a diferencia de las otras criaturas del universo, es creado por Dios “a imagen suya”. Esta frase es utilizada en la Biblia exclusivamente durante la narración de la creación del hombre. Podemos decir que la imagen que Dios tiene de sí mismo corresponde desde la eternidad a su logos, su palabra, su idea. Y Él decide crearnos siguiendo esa imagen. Esto no quiere decir que al crear los demás seres Dios no haya “tenido en cuenta” su idea eterna. Definitivamente el orden del universo es prueba palpable de que es la mente de Dios lo que constituye el “blueprint”, el plan original en que Él se basó para crearlo. Ningún artífice o inventor trabaja sin tener planes predefinidos en su mente; cada obra de arte, artesanía o invento científico es evidencia de lo que estaba previamente en la mente del artista o científico. No obstante, la Sagrada Escritura, al reservar para la descripción del ser humano la nota de que éste fue creado a imagen de Dios, hace hincapié en la función especial que corresponde al hombre en la creación, y a la vocación peculiar del hombre a vivir en la historia una de las notas esenciales de Dios: el amor, el existir para el otro.
A lo largo de la Biblia Dios irá revelando a los hombres diversos aspectos de su naturaleza, y uno de ellos es su ser trinitario. Dios es un ser único pero constituido por tres personas distintas entre sí. Y las tres personas de la divinidad única existen para amarse mutuamente. En Dios el ser y el amor coexisten esencialmente. Dios no sería Dios si no existiera para amar. Y entre los seres creados, al menos en el universo material, únicamente el ser humano existe para amar. Dentro del mundo creado material, el hombre es la única creatura que puede amar. Precisamente por ser imagen de Dios.
Pero esa imagen suya, acota la Biblia, la aplica Dios en la creación de dos maneras distintas: varón y mujer; el ser humano masculino y el ser humano femenino; la persona-varón y la persona-mujer. La enumeración individual que hace el texto sagrado del proceso creativo: “Macho y hembra los creó”, nos invita, además, a poner atención al hecho de que Dios crea a cada uno por separado y en forma personal. El escritor inspirado podría haber dicho simplemente algo así como “A imagen suya creó al ser humano”. En cambio, con el uso de la conjunción “y” para enumerar por separado a varón y mujer deja en claro el propósito de acentuar la creación personal de cada uno de ellos. Esto se aprecia mejor si se continúa leyendo el resto del texto del Génesis. El énfasis, además, que pone el Señor Jesús al repetir deliberadamente el mismo texto para responder a la pregunta de sus inquisidores, claramente nos deja ver que esta diferenciación de los sexos no es una chiripa evolutiva de la biología, sino una parte integral y fundamental del plan original de Dios desde el principio. No sólo eso, la creación personalizada del primer hombre, Adán, y de la primera mujer, Eva, quiere enseñarnos que también nuestra individualidad, nuestro ser como persona-varón o persona-mujer, irrepetible y único, es también algo que está en la sabiduría divina desde la eternidad. Como lo expresa Dios al profeta Jeremías (Jer 1,5) en la descripción que este último hace de su propia vocación:
“Antes de haberte formado yo en el seno materno, ya te conocía, y antes que nacieses, ya te tenía consagrado: yo te constituí profeta de las naciones”.
El ser humano, o sea, cada persona humana -el ser humano únicamente existe en la persona humana concreta que vive en el tiempo y el espacio- necesariamente es varón o hembra, y esto es un hecho querido por Dios desde siempre. La esencia, empero, de varones y mujeres es idéntica y eso hace a los dos tipos de ser humano iguales en valor ante la mirada del Creador… del mismo modo que deben ser iguales a los ojos del uno y del otro. Si tanto el varón como la mujer valen lo mismo ante Dios, no hay razón alguna para que entre ellos se asignen diferente valor. Será este punto, como veremos luego, la clave para el éxito de toda relación entre ambos sexos, pero de un modo especial en la relación matrimonial.
I.4. Imagen de Dios.
En algunas épocas se llegó a pensar que lo que las palabras “a imagen suya” querían dar a entender era que, a diferencia del resto de las criaturas en el mundo, la persona humana estaba dotada de espíritu y de las facultades humanas relacionadas con el espíritu: la inteligencia, la razón y la libertad. Eran estas últimas, se llegó a pensar, las que hacían del ser humano una “imago Dei”. Las características biológicas, corporales, de hombres y mujeres eran compartidas con los miembros del reino animal y vegetal, por lo que, se decía, ellas no podían formar parte de la imagen divina, espíritu puro. Mas no hay nada en la Escritura que apoye tal interpretación. Tanto el Papa Juan Pablo II como su sucesor, Benedicto XVI, ven la imagen de Dios en la totalidad de la persona humana: alma, cuerpo y espíritu. Los elementos constitutivos de la naturaleza humana, todos, conjuntados en la individualidad de cada persona, hombre o mujer, conforman esa imagen de Dios que Él quiso crear. Ello incluye definitivamente la sexualidad, o sea las características que hacen de cada individuo humano una persona masculina o femenina, y que la orientan a cumplir la finalidad fundamental de la persona en la historia: la donación total al otro en busca de la propia complementación y con el fin de preservar la especie humana. Los actos específicos de la sexualidad, en ese contexto, forman parte de la dinámica fundamental del ser humano como imagen de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña (CIC 2332): "La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma". Todos los elementos que constituyen la sexualidad de cada persona, o sea, los órganos sexuales, la configuración física propia del cuerpo de cada sexo, las propiedades y características funcionales propias de la psicología de cada sexo, etcétera, que hacen posible esa dinámica, son unos de los factores importantes que conforman a la persona como imagen de Dios.
En el número 357 del mismo Catecismo leemos: “Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar”.
I.5. La persona humana, y la institución matrimonial: a imagen de la Trinidad Divina.
La división de la raza humana en dos tipos de individuos diferenciados por la sexualidad, pero convocados por ella a la donación total mutua, es la forma como Dios trasladó su propia realidad a la imagen que había decidido crear. Ya se insinuó en párrafos anteriores que la realidad de Dios -la Biblia nos lo enseña y la doctrina cristiana tiene esa enseñanza como uno de los pilares que sustentan su fe- está constituida por tres personas, llamadas por nosotros Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada una de esas personas es totalmente distinta en cuanto a su personalidad, pero son idénticas las tres en cuanto a la divinidad, que es una sola. Y es precisamente el amor lo que identifica a las tres personas en la divinidad. Se dijo arriba que en Dios el ser y el amor se identifican. Su existencia misma consiste en ser para el otro. Cuando Dios se presentó ante Moisés en la zarza ardiendo se llamó a sí mismo “Yo soy el que soy”, o “Yo soy el que es”, pero bien podía haberse presentado como “Yo soy el que ama”.
La creatura humana, imagen de un ser cuya esencia es ser para amar, solamente podía tener como finalidad el amor. Pero el amor, para la persona humana, que realiza su naturaleza y busca su finalidad a través de la corporeidad, únicamente es posible a través de una donación de sí misma que incluya su corporeidad -la sexualidad que la individualiza- y que haga posible la unidad, o mejor, la unicidad de la carne de la que habla el texto del Génesis. Esta “carne”, sin embargo, en el contexto hebreo que enmarca los escritos bíblicos, no se refiere únicamente a lo que biológicamente se entiende como tal: células, músculos, tendones, nervios y demás, sino a la persona total. En este sentido, cuando el escritor sagrado habla de que “los dos serán una sola carne” quiere dar a entender que la unión resultante de la entrega mutua total de los esposos, manifestada peculiarmente en la intimidad sexual, da como resultado una única persona, que ni siquiera el poder humano puede separar, pero que no afecta la unicidad y singularidad de cada uno de sus partes. Tanto la persona-mujer, como la persona-varón de cada uno de los cónyuges se mantiene intacta, pero su unión configura una realidad nueva e inseparable. Y del mismo modo que la unión y el amor mutuo de las personas del Padre y del Hijo en el amor divino son lo que se podría considerar como la personalidad del Espíritu Santo, “Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria” (del Credo de Nicea Constantinopla), así la unión y el amor mutuo de los esposos dan vida a un hijo, una persona distinta pero poseedora de idéntica naturaleza que ellos. San Juan Pablo II, en una homilía que pronunció en Puebla (28 enero, 1979), se expresó así de la naturaleza trinitaria de Dios y su impronta en la vida humana: “Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo».
Decir que Dios crea al varón y a la mujer de tal modo que lleguen cada uno de ellos a dejar a sus padres para entregarse mutuamente y formar así un nuevo y único cuerpo, y para que sean fecundos, equivale a decir que el matrimonio es también una creación de Dios, poseedora de una naturaleza tan inalterable como la de la imagen divina en el hombre. Este origen divino del matrimonio ha sido siempre reconocido por la humanidad de modo más o menos explícito y consciente. Lo ha hecho, por ejemplo, generación tras generación y en todos los rincones de la Tierra, a través de revestir las ceremonias nupciales con tantos signos que simbolizan su trascendencia y dignidad; a través de observar tantas y variadas tradiciones y de redactar normas y leyes tendientes, aunque sea de modo imperfecto, a garantizar la permanencia de la unión matrimonial y de sus posibilidades de generar nueva vida. Cuando se ha querido destruir la institución familiar lo primero que se ha hecho ha sido negar su relación con lo divino, con lo que era desde “el principio”.
El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 1603) enseña: "La íntima comunidad de vida y amor conyugal, está fundada por el Creador y provista de leyes propias.... El mismo Dios… es el autor del matrimonio. La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del varón y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una institución puramente humana... El reconocimiento de la dignidad de esta institución existe en todas las culturas y se manifiesta a través del sentido de la grandeza de la unión matrimonial en las diferentes civilizaciones conocidas por la historia humana. La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar"
I.6. La dimensión y la calidad del amor humano.
El hecho de que -según la referencia bíblica utilizada por Jesús para exponer el sentido original del matrimonio- los seres humanos hayamos sido creados a imagen de Dios y de que la constitución concreta de esa imagen en cada uno de nosotros incluya la sexualidad nos lleva inevitablemente a comprender que el amor humano, a cuyo servicio están todos los elementos sexuales -biológicos y psicológicos- que la configuran, tiene una orientación fundamental: la de la esponsalidad. Podríamos decir que lo que el Señor pretende al recordarnos esas palabras de la Biblia es ayudarnos a vislumbrar que la razón principal por la que Dios nos creó como seres individualizados por nuestras características sexuales es la de posibilitar el amor expresado en la atracción y la donación total mutua de hombres y mujeres que culminará en la generación de nueva vida. Es un hecho que este modo de amor, del que todos tenemos experiencia directa a través del impulso sexual, del deseo innegable de entregarnos totalmente a una persona del sexo opuesto, y de la aspiración de convertirnos en padres, es el que eventualmente definirá la mayoría de nuestras decisiones y acciones en el curso de nuestra vida. Las posibilidades de satisfacción humana, de felicidad, de plenitud vital durante nuestra vida dependen en gran parte de la forma como ejercitemos la sexualidad para realizar la vocación al amor que está incluida en nuestro ser imágenes de Dios. Las mayores alegrías y satisfacciones humanas, así como las mayores tristezas y frustraciones, tienen su origen en la forma como configuremos nuestra relación amorosa con el hombre o la mujer con la que hayamos decidido formar una sola carne, y con los hijos que nuestra relación haya generado. Los psicólogos reconocen la separación marital y la muerte del cónyuge o de los hijos como las causas de mayor dolor humano, y a la vez, también reconocen la conformación de un matrimonio sólido y fecundo como una de las causas de mayor satisfacción y sentido de logro, que supera con mucho los efectos del éxito o fracaso económico, profesional, artístico, deportivo o político. Una relación sólida y armoniosa entre los esposos y los hijos serán el mejor sustento anímico de sus miembros para enfrentar exitosamente los desafíos y las pruebas que los demás ámbitos de la vida puedan presentarles. Y no hace falta decir que tal armonía es el resultado de la respuesta generosa e incondicional de los esposos a su vocación esponsal; es el resultado de la calidad e intensidad de su entrega mutua, a imagen de Dios; de la capacidad de los esposos de ser verdaderas imágenes de Dios, tal como Él los pensó “bereshit”, desde el principio.
¿Hasta dónde debe llegar la respuesta de cada cónyuge a su vocación esponsal? ¿Qué es lo que espera Dios de los esposos? Es una pregunta que frecuentemente se hacen los esposos cuando los problemas domésticos o conyugales se erigen como una barrera que parece impedirles seguir juntos; cuando parece que no hay esperanza alguna de solución a la gravedad de la problemática en que se ven envueltos. Definitivamente no hay una solución general concreta aplicable a todos los casos por igual. Pero claro que existe una regla áurea que debe estar en la base de cualquier consideración de este tipo: la unión a la que Dios convocó a los esposos tiene como fin el ejercicio del amor a través del cual ellos realizan en su vida diaria la imagen divina. La búsqueda de solución de sus problemas, consecuentemente, debe ser un ejercicio de amor y, en el caso de los matrimonios cristianos, ese ejercicio tiene un clarísimo criterio de intensidad y calidad: amar como Cristo nos ama. En otras palabras, amar hasta dar la vida por el otro. ¿A dónde conducirá ese amor a los esposos? La respuesta a esa pregunta está precisamente en el ejercicio de un amor que tenga esa cualidad.
No hace falta subrayar aquí que esa regla áurea no es una receta de uso exclusivo de los esposos entrampados en crisis maritales. Es la regla básica que debe regir la vida cotidiana de todos los matrimonios, tengan o no problemas graves que solucionar. El amor, el amor al estilo de Cristo, es el inicio de toda relación matrimonial, así como su finalidad y culminación.
Dios quiera que la lectura de los capítulos que siguen y la reflexión tranquila sobre su contenido ayuden al lector a encontrar cuál sea la voluntad de Dios acerca de su vida esponsal; a conocer qué es lo que Dios espera de él o ella desde el principio.
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