Capítulo II
“Por la dureza de su corazón”: El rescate cristiano del plan original de Dios sobre el matrimonio
II, 1. La “tolerancia” de Moisés vs. la “intolerancia” de Dios.
Ante la respuesta dada por Jesús a sus inquisitivos interlocutores en el texto del evangelio de san Mateo (Mt 19, 1-6) citado en el capítulo anterior, ellos debieron quedarse estupefactos. El divorcio no solamente era una práctica socialmente aceptada por el pueblo hebreo, al igual que por todos los pueblos circundantes, sino que la misma ley judía lo reconocía y reglamentaba.
Antes de que Jesús sostuviera ese diálogo con los fariseos ya Él había afirmado claramente en otras ocasiones que el divorcio es una acción contraria a la voluntad de Dios; un pecado. Pero en esta ocasión fundamentó las razones de su afirmación aludiendo al texto del Génesis donde la voluntad divina original respecto al matrimonio había quedado expresada claramente: “Al principio no era así”. Eso sacó de balance a sus inquisidores. No imaginaban por dónde llegaría la contestación del predicador de Galilea. Por una parte, su respuesta los hace ver como deficientes conocedores de la Palabra de Dios. ¿Cómo era posible que ellos, tan doctos en lo referente a la Sagrada Escritura, no recordaran algo que debía ser elemental? Por otra parte, hay algo en esa respuesta que parece obrar a favor de ellos, porque parece encerrar una contradicción. Jesús justifica su oposición al divorcio citando un texto escriturístico que explícitamente dice que la voluntad original de Dios es que nadie separe lo que Él ha unido. Pero la ley dada por Moisés, el transmisor confiable de la voluntad de Dios, no sólo permite la separación, sino que la convierte en objeto de la ley. ¿Cómo puede ser eso? ¿Será que Jesús está tratando de contradecir a Moisés?
Los fariseos no dejan pasar esta inesperada ocasión e intentan hacer caer al Maestro de Nazareth en otra trampa. Le replican (Mt 19,7):
“Pues entonces ¿por qué Moisés prescribió dar a la mujer el acta de divorcio y repudiarla?”
Parece que Jesús, involuntariamente, se metió en un aprieto, un auténtico “cul de sac”. Los fariseos piensan que lo tienen acorralado. Si el Maestro niega la autoridad de Moisés para expedir esas leyes, quedará en evidencia a los ojos de la gente como enemigo de Israel, de su fe y de su certeza de que Dios había hablado a través del caudillo liberador y máximo legislador.
Pero Jesús vuelve a dominar la situación recurriendo de nuevo al contenido de las Escrituras, aunque no las cite textualmente. La respuesta de Jesús (Mt 19,8):
“Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así”.
Reitera Jesús que la versión original de la voluntad de Dios, la “del principio”, es la que debe privar, la que debe constituir el criterio decisorio en toda deliberación legal humana, especialmente si lo que está en juego es la naturaleza del matrimonio. Y para explicar la aparente contradicción de esta voluntad original con la ley mosaica Él recurre a la realidad humana: fue la dureza del corazón humano, descrita infinidad de veces a lo largo de la Escritura, lo que explica la diferencia de actitud entre Dios y Mosés. En otras palabras, Moisés toleró por medio de una ley laxa el incumplimiento de la voluntad divina porque el hombre se hallaba en ese tiempo -y sigue hallándose, aunque a partir de Cristo cuenta con la gracia divina- incapacitado de cumplirla cabalmente por sus propias fuerzas. Por otra parte, no obstante que el Señor Jesús no menciona específicamente el libro del Génesis en su respuesta, es inevitable remitirnos a una de sus escenas más importantes (Gn 2,15-17;3,1-6) , aquella en la que se narra la caída del hombre:
“Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase. Y Dios impuso al hombre este mandamiento: ‘De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio’… La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahveh Dios había hecho. Y dijo a la mujer: ‘¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?’ Respondió la mujer a la serpiente: ‘Podemos comer del fruto de los árboles del jardín, mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.’ Replicó la serpiente a la mujer: ‘De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal’. Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió”.
Ahí está, expuesta en breves palabras, la razón profunda de por qué el hombre no puede cumplir la voluntad de Dios si confía exclusivamente en sus propias fuerzas, y de por qué es incapaz también de lograr una unión matrimonial perfecta, acorde al designio de Dios. Bastan dos palabras para expilcarla: la soberbia.
II,2. La soberbia y sus consecuencias en la sexualidad y en la vida matrimonial
El maligno sabe que sus posibilidades de atacar a Dios, a quien odia por no poder ser como Él, consisten en hacer partícipe a la creatura humana del mismo sentimiento que le impide a él acercarse a Dios. Discreta, sagazmente, Satán engaña a la mujer diciéndole que la razón por la que Dios les prohíbe a ella y a su marido disfrutar de los frutos de aquel árbol es porque no quiere que ellos sean iguales a Él. Con esa mentira descomunal el Diablo siembra en la mujer una ambición imposible de ser satisfecha. Ninguna creatura podrá jamás ser igual a Dios. Mas a los ojos de Eva ya el deseo de ser igual a Dios parece tan apetecible como la fruta prohibida. La fuerza de la soberbia superó la bondad de la experiencia de vivir en el paraíso, entre cuyas máximas prerrogativas estaba la posibilidad de andar desnudos, varón y mujer, sin sentir vergüenza, en una forma de vida matizada por la inocencia, y la facultad de hablar directamente con Dios. La sexualidad de los pobladores del paraíso no había sido hasta entonces un problema. Los problemas que padecemos hoy día a causa de la sexualidad no los padecieron Adán y Eva antes de comer la fruta prohibida. Fue a partir de ese día que los celos, los desamores, las violaciones, los divorcios, los abusos de la mujer, la violencia intrafamiliar, el aborto, la homosexualidad, la ideología de género, la trata de personas, la pornografía, y sus aparentemente innumerables secuelas aparecieron en el horizonte de la humanidad. Fue a partir del momento en que la persona humana quiso reclamar para sí un lugar idéntico al que tiene quien la creó de la nada. El Papa León XIII (Arcanum divinae sapientiae, 5) describió esta situación de forma muy fuerte en una de sus encíclicas: “Todas las naciones parecieron olvidar, más o menos, la noción y el verdadero origen del matrimonio, dándose por doquier leyes emanadas, desde luego, de la autoridad pública, pero no las que la naturaleza dicta. Ritos solemnes, instituidos al capricho de los legisladores, conferían a las mujeres el título honesto de esposas o el torpe de concubinas; se llegó́ incluso a que determinara la autoridad de los gobernantes a quiénes les estaba permitido contraer matrimonio y a quiénes no, leyes que conculcaban gravemente la equidad y el honor. La poligamia, la poliandria, el divorcio, fueron otras tantas causas, además, de que se relajara enormemente el vínculo conyugal. Gran desorden hubo también en lo que atañe a los mutuos derechos y deberes de los cónyuges, ya que el marido adquiría el dominio de la mujer y muchas veces la despedía sin motivo alguno justo; en cambio, a él, entregado a una sensualidad desenfrenada e indomable, le estaba permitido discurrir impunemente entre lupanares y esclavas.”
El distanciamiento existencial de la persona humana respecto a su Creador, al querer usurpar el lugar de este último, la coloca en estado de incapacidad de establecer su propio valor personal, pues éste depende de quien le dio la existencia. Tampoco puede esclarecer el significado o la finalidad de su existencia como creatura. La persona, claro, puede presumir de logros en el terreno profesional, deportivo, político, cultural y familiar. Pero, quiera reconocerlo o no, esté consciente de ello o no, ella sabe que si no fuera por Dios -ese ser absolutamente distinto e infinitamente superior a ella- no solamente no poseería las capacidades humanas que hacen posibles los logros de los que presume, sino que ni siquiera existiría. Cuando la persona rompe su vínculo con su Creador, no le queda más remedio que convertirse en su propio dios para justificar su existencia. Los demás seres humanos se convierten en competidores o enemigos a los que la persona piensa que debe derrotar para poder dejar sentado su valor individual; se obliga a sí misma a mostrarse como superior a los demás. O incluso como dueña de los demás.
Apenas acababan Eva y Adán de mordisquear el fruto aquel cuando su desnudez pasó de ser evidencia de armonía y paz -y de capacidad de donación mutua y apertura a la vida- a ser objeto de vergüenza. El Papa Juan Pablo II, enseñando sobre la visión cristiana del cuerpo humano, explica el significado de la desnudez original “ (Catequesis del 2 de enero de 1980). La ‘desnudez’ significa el bien originario de la visión divina. Significa toda la sencillez y plenitud de la visión a través de la cual se manifiesta el valor ‘puro’ del hombre como varón y mujer, el valor ‘puro’ del cuerpo y del sexo… Al verse recíprocamente como a través del misterio mismo de la creación, varón y mujer se ven a sí mismos aún más plenamente y más distintamente que a través del sentido mismo de la vista, es decir, a través de los ojos del cuerpo. Efectivamente, se ven y se conocen a sí mismos con toda la paz de la mirada interior, que crea precisamente la plenitud de la intimidad de las personas… El significado originario de la desnudez corresponde a esa sencillez y plenitud de visión, en la cual la comprensión del significado del cuerpo nace casi en el corazón mismo de su comunidad-comunión. La llamaremos ‘esponsalicia’. El varón y la mujer en el Génesis 2, 23-25 surgen al ‘principio’ mismo precisamente con esta conciencia del significado del propio cuerpo”.
El pecado de querer ser iguales a Dios hizo que la mirada con la que antes se veían el uno al otro como destinatarios del mutuo amor -la mirada “esponsalicia” de la que habla el Papa polaco- se transformara en una mirada de mero deseo. Varón y mujer se vieron mutuamente ya no como destino de la donación propia, sino como satisfactores del propio deseo sexual. Esto los movió a esconderse el uno del otro; a vestirse. Ni uno ni otro deseaba experimentar la sensación terrible de ser visto como simple objeto del deseo de quien había sido creado para hacerlo destino de su amor, de la donación de sí mismo. Tampoco deseaban convertirse en mero instrumento, descartable, de la satisfacción biológica del otro, puesto que habían sido creados para recibir su respeto, por poseer igual dignidad. En el instante en que el ser humano cayó en la tentación de hacerse independiente de Dios, tanto varones como mujeres quedaron incapacitados para amarse mutuamente con la totalidad que Dios había querido al principio que lo hicieran. Y no les quedó otro remedio que poner todo tipo de barreras entre los dos. Ya no podían donarse totalmente el uno al otro; se vieron orillados a limitar su entrega mutua, condicionándola, para no sufrir. Se buscaron formas de asegurarse el máximo bienestar, el máximo placer, aunque ello significara pasar por encima del otro. El egoísmo hizo su aparición, al mismo tiempo que el sufrimiento. Acciones y condiciones físicas tales como el embarazo y las labores de parto en la mujer, o el extraer los alimentos de la tierra, en el caso del varón, las cuales antes eran vistas por ellos como algo inherente a su naturaleza humana, y eran causa de gozo y satisfacción, se convirtieron en fuente de dolor, angustia y miedo.
Lo peor de todo fue que quedaron incapacitados también para mantener la amistad que había distinguido hasta entonces su relación con Dios, su creador.
Esto último, a su vez, causó que las expectativas del maligno -convertir al hombre en antagonista de Dios- se convirtieran en realidad. Enemistado con Dios por la desobediencia, el ser humano ha seguido deseando ser como Él; su soberbia lo hace resistirse a aceptar y reconocer su condición de creatura; se desvela buscando por todos los medios posibles la forma de suplantar a Dios, de hacerlo a un lado, de actuar como si no existiera, de negar su existencia. Sacar a Dios del mundo le dejaría al ser humano la cancha libre para decidir lo que es bueno y lo que es malo, para actuar según su capricho, sin tener que obedecer a nadie. Esta soberbia del hombre ha estado en la raíz de todos los vicios que han afectado la institución matrimonial (y la familia, el bienestar general de la humanidad, la equidad, la paz, la cultura, y toda institución humana) a través de los siglos. Es interesante analizar, por ejemplo, la narración bíblica de la construcción de la Torre de Babel (Gn 11, 1-9). Ahí queda evidenciado una vez más el deseo humano de hacerse igual a Dios, así como las consecuencias que se pueden esperar de ello. Pero indudablemente que es en la Carta a los Romanos donde quedan explícitamente mencionados los efectos que tiene la soberbia en las deformaciones resultantes de negarse a aceptar el plan original de Dios sobre la sexualidad y el amor. San Pablo (Rom, 1, 19-28) no se tienta el corazón para denunciarlas:
“En efecto, la cólera de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables; porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos… Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos… Los entregó Dios a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío. Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, los entregó Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene… Los cuales, aunque conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen.”
La soberbia, que separó al hombre de Dios y lo convirtió en un dios para sí mismo, lo hace también perder de vista que su vida únicamente tiene sentido en Dios; pierde de vista el sentido de su existencia y trata de encontrarlo en el placer, en la satisfacción inmediata de sus necesidades corporales; en satisfacer lo que san Pablo llama “la carne”, y que también puede ser descrito como el “falso yo”, del que habla Thomas Merton en “Nuevas semillas de contemplación” (Abadía de Getsemaní, 1948, pag.10): “Cada uno de nosotros lleva la sombra de una persona ilusoria: un falso yo... Éste es el hombre que yo quiero ser, pero que no puede existir, porque Dios no sabe nada de él. Y serle desconocido a Dios es un aislamiento excesivo… Mi yo falso y particular es el que quiere existir fuera del radio de la voluntad y del amor de Dios, fuera de la realidad y de la vida. Y tal yo no puede dejar de ser una ilusión… Todo pecado empieza en la suposición de que mi falso yo, ese yo que existe tan sólo en mis propios deseos egocéntricos, es la realidad fundamental de la vida, hacia la cual todo lo demás del universo está orientado. Así, gasto mi vida intentando acumular placeres y experiencias, poder y honores, conocimientos y amor, para vestir ese falso yo y construir con su nada algo objetivamente real”. Este “falso yo” es una falsa imagen que la persona crea de sí misma para justificar su existencia alejada de Dios. En esas circunstancias es entendible que el hombre niegue a Dios, finja que no existe, o se muestre indiferente a Él. El Libro de la Sabiduría (Sab 2,1-9) describe esta realidad de modo impresionante:
“Porque se dicen: “Corta es y triste nuestra vida; no hay remedio en la muerte del hombre ni se sabe de nadie que haya vuelto del Hades. Por azar llegamos a la existencia y luego seremos como si nunca hubiéramos sido… al apagarse, el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se desvanecerá como aire inconsistente. Caerá con el tiempo nuestro nombre en el olvido, nadie se acordará de nuestras obras… Paso de una sombra es el tiempo que vivimos, no hay retorno en nuestra muerte… Venid, pues, y disfrutemos de los bienes presentes, gocemos de las criaturas con el ardor de la juventud. Hartémonos de vinos exquisitos y de perfumes, no se nos pase ninguna flor primaveral… ningún prado quede libre de nuestra orgía, dejemos por doquier constancia de nuestro regocijo; que nuestra parte es ésta, ésta nuestra herencia.”
II, 3. Si es así, ¿para qué casarse?
No podemos evitar que las palabras de san Pablo citadas arriba nos calen también a nosotros. Quizás no todos hayamos utilizado nuestra sexualidad de la forma extrema como la describe el Apóstol de las Gentes en la Carta a los Romanos, pero creo que todos, en un momento u otro de nuestra vida, sí hemos utilizado nuestra sexualidad de modo contrario a lo que nuestra consciencia nos indicaba. Justificamos nuestro actuar basados en argumentos tomados de los medios de comunicación, en lo que opina el vulgo, en teorías médicas y psicológicas, e incluso en algunas leyes. Nos acogemos a cualquier teoría u opinión que nos parezca suficientemente apta para justificar nuestra laxitud e intentar explicar nuestra incapacidad de resistir a nuestros impulsos sexuales. Es más fácil y agradable dejarse llevar por ellos. Preguntarle a Dios su opinión en esas circunstancias solamente sirve para dificultar las cosas. Terminamos diciéndonos que si todo mundo lo hace es que se trata de algo bueno. La mayor parte de la gente parece aceptar las relaciones prematrimoniales, el adulterio, el divorcio, el aborto, la homosexualidad y otras acciones parecidas como algo normal, e incluso se establecen leyes que garantizan el ejercicio de las mismas considerándolas derechos humanos. Parece imposible hacer las cosas como sabemos que Dios quiere. ¿Quién podría, en esas circunstancias, aventurarse en una relación esponsal duradera, perenne? ¿Quién querría obligarse a ser fiel toda la vida, a abrirse a la vida, a amar a una sola persona con exclusividad total?
Las mismas preguntas se hicieron los discípulos de Jesús luego de escuchar sus enseñanzas y no dudaron en manifestarle al Maestro su opinión a ese respecto. San Mateo ( mt 19,10) nos transmite su escepticismo:
“Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no vale la pena casarse”.
Cristo, al dirigir la atención de sus interlocutores, y la nuestra, hacia lo que es el plan original de Dios, claramente está declarando cómo debe ser visto y aceptado el matrimonio. O sea, Él está pidiendo -que no quede duda al respecto- que Israel, y la humanidad entera, abandonen prácticas tales como el divorcio que son directamente opuestas al plan de Dios sobre el género humano. Era obvio que sus palabras habían de causar un sacudimiento en sus oyentes, y es un hecho que lo siguen causando entre gran parte de la humanidad. Es que simplemente parece algo irrealizable. Y entonces pensamos: ¿no será una utopía lo que pide el Señor? ¿No estará Dios calculando mal las fuerzas reales del ser humano? La respuesta de Cristo no se hizo esperar. San Mateo la transmite en el siguiente versículo: (Mt 19,11)
“No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido”.
Únicamente quien acepte ver la sexualidad y el matrimonio como los ve Jesucristo, o sea como los vio Dios al principio, podrá captar la enorme riqueza que esas dos realidades significan para el ser humano. Evidentemente, esto requiere aprender a ver el mundo como lo ve Él, a través de la Iglesia. La Iglesia es el único sitio donde nos es posible conocer a Jesucristo, escuchar su palabra y ser transformados por Él de tal modo que podamos ver el mundo como lo ve Él, como lo ve Dios.
“Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas… todo fue creado por Él y para Él. Él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en Él su consistencia. Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea Él el primero en todo”. (Col 1,15-18)
Aprender a ver la realidad con los ojos de Cristo, significa aprender a vencer la soberbia con la humildad. El hacerse pequeño ante Dios necesariamente empieza por subrayar el hecho innegable de nuestra dependencia absoluta de Dios; de que nuestra misma existencia depende totalmente de Dios. Repetir frecuentemente la siguiente oración, tomada del Libro de la Sabiduría (Sab 11,24-26) podría ser de ayuda a ubicarnos en el lugar que realmente nos corresponde:
“Tú amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces pues, si algo odiases, no lo hubieras creado. Y ¿cómo podría subsistir cosa que Tú no hubieses querido? ¿Cómo se conservaría si Tú no la hubieses llamado?”
Esa es la clave para amar conforme a la imagen que somos de Dios. Jesús lo ha dejado en claro (Lc 10,21-22):
“Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.”
La soberbia que está en la raíz de todas las deformaciones de la sexualidad únicamente conoce un remedio: la humildad. O sea, poner los pies en la tierra; dejar de fingir que somos dioses. Humildad para reconocerse como creatura y aceptar la voluntad de Dios sobre la sexualidad humana; humildad para acogerse a la oración, a los sacramentos, al abrigo y acompañamiento de la comunidad eclesial; humildad para reconocer en el novio o la novia, en el esposo o la esposa -en el prójimo, en una palabra- a una persona tan digna y valiosa como uno mismo, y por consecuencia, merecedora del mismo respeto y amor que uno mismo merece, evitando ver al otro y utilizarlo como simple objeto. Esta es la clave de vida dejada por Cristo a todos sus seguidores, según lo narra Juan (Jn 13,34), pero es igualmente aplicable para vivir el matrimonio de acuerdo al plan original de Dios:
“Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros”.
O sea, hasta estar dispuestos a morir por el otro si eso significa su bien.
II, 4. Lo imposible es posible
Esto de amar tal como Cristo nos ama, hasta los límites definidos por Él en la Cruz, puede aparecer a nuestros ojos humanos como algo tan utópico como ser fiel en la relación matrimonial: en la salud y la enfermedad, en la abundancia y en la pobreza; igual de utópico que ser casto en el noviazgo; igual de utópico que no ser influido por lo políticamente correcto respecto a la homosexualidad y la ideología de género. Y en realidad sí es algo utópico e irrealizable… a menos que creamos en la solución que el mismo Cristo ofrece a los discípulos en otro pasaje evangélico. En cierta ocasión sus seguidores se mostraron sorprendidos por los comentarios que Él acababa de hacer sobre la aparentemente insalvable dificultad que representan las riquezas para entrar al cielo. Basta recordar la comparación (Mc 10,25:) que hace el Maestro entre los ricos, los camellos y el ojo de la aguja. Es mas fácil, dice Jesús, que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al cielo. Los discípulos de Jesús saben, como todo mundo, que uno de los motivos más poderosos del quehacer humano es la búsqueda de riqueza, y que es impensable vivir sin ella. Es natural que el hombre busque tener la mayor cantidad de recursos económicos y materiales para asegurar la vida propia y de la familia ¿o no? El evangelio de san Marcos (Mc 10,26) acota que los oyentes quedaron confundidos por lo afirmado por el Maestro. Por lo que comentan en voz alta:
“Y entonces ¿quién se podrá salvar?”,
Y el mismo Evangelista, en el versículo siguiente, nos transmite la respuesta de Cristo:
“Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios.”
San Pablo, por su parte (II Cor, 12,7-10) nos transmite la respuesta que él obtuvo cuando, cansado de ser maltratado por el “aguijón de la carne”, le pidió al Señor que lo liberara de ese tormento.
”Te basta mi gracia, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza”.
Y ahí mismo el Apóstol de los Gentiles saca su conclusión, que lo llevará a matizar su vida entera:
“Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo”.
De nuestra parte sólo nos resta dejar hacer a Dios, lo cual únicamente requiere humildad. Obviamente, nunca surtiría efecto esta forma de enfrentar exitosamente la imposibilidad humana de vivir la vocación esponsal de acuerdo a lo que Dios tenía pensado en el principio si no se está convencido de su poder y si la resurrección en el día final no es una seguridad total para nosotros.
Comentarios
Publicar un comentario