Sexo, amor, matrimonio y Dios.
Apuntes de espiritualidad matrimonial
Javier Algara Cossío
Registro Público del Derecho del Autor número 03-2022-020114081500-01
Unas palabras antes de empezar:
El amor nacido entre un hombre y una mujer, que obviamente incluye la sexualidad que caracteriza a ambos como tales, y que los acompañará desde el noviazgo y hasta el final de sus vidas, tiene un sentido específico que no se puede descubrir cabalmente sin hacer referencia a Dios. En la medida en que los esposos hagan este descubrimiento y decidan vivir su matrimonio con base en esa referencia fundamental, las probabilidades de lograr una plenitud personal y conyugal se incrementarán exponencialmente. El camino hacia ese descubrimiento es lo que podemos llamar espiritualidad esponsal o matrimonial.
Introducción
1. Lo que piensa el mundo sobre el matrimonio
Bastan unos datos sacados de nuestra experiencia diaria para darnos cuenta de una cosa: la sexualidad es una realidad. Y con eso me refiero al hecho incontestable de que existen dos sexos y de que desde tiempos inmemoriales la presencia de ese dúo, constatada en la vida misma de la humanidad, ha tenido un significado clarísimo para todos: hay una relación esencial entre los dos.
Cuando vamos por la calle nos cruzamos con infinidad de personas. Lo primero que percibimos en ellas, a la par de su existencia, o sea, de que ocupan un espacio limitado y están ubicadas en un instante preciso de tiempo, es que son seres humanos. Pero esa percepción viene aparejada con otro dato importantísimo: cada ser humano que entra en nuestro campo de percepción lo hace como varón o como mujer. Si es ser humano es que o es varón o es mujer. Es precisamente este estar delante de nuestra atención como hombre o mujer lo que hace que cualquier individuo del género humano sea percibido por nosotros en primera instancia como ser humano y como persona. Antes de que nuestra razón se ocupe en reconocer detalles peculiares del color o estatura de ese individuo, lo identifica como una persona-mujer o a una persona-varón. Porque ser mujer o ser varón forma parte indisociable de la realidad más profunda de cada persona humana. Nuestra realidad individual, como varones o mujeres, no únicamente es una característica perceptible por los sentidos, debida a nuestra constitución corporal femenina o masculina, sino que está presente en toda nuestra vida. La ciencia atestigua que la psicología masculina y la femenina difieren en muchos puntos.
Ahora bien, es precisamente debido a esas diferencias que varones y mujeres cotidianamente experimentamos una vocación natural a buscarnos mutuamente en forma peculiar. Deseamos satisfacer, por un lado, una necesidad de afecto tal que es imposible lograrlo en una relación con otra persona del mismo sexo, y una necesidad, por otro lado, de dar vida a nuevos seres humanos. Es como si tal manera de relación entre varón y mujer constituyera nuestra orientación más elemental, la más fundamental, como seres humanos. Todo aquello que conforma originalmente a la persona, lo que podríamos llamar el “kit existencial” con el que todos hacemos nuestra entrada en la historia, está orientado hacia la búsqueda de complementación con una persona del sexo opuesto y con vistas a la generación de nueva vida.
A partir de la adolescencia, todos experimentamos en carne propia la poderosa y especialísima atracción que en nosotros ejercen las personas del sexo opuesto. A partir de esa edad, la calidad y pertinencia que adopten las formas con las que nos relacionemos con esas personas serán un factor decisivo de éxito o fracaso para nuestras vidas. La calidad y profundidad que logremos establecer en dichas relaciones repercutirán mucho más significativamente que los factores profesionales, sociales, económicos y culturales. Basta ver la diferencia evidente entre quienes viven un matrimonio feliz y uno infeliz. Las repercusiones psicológicas y anímicas que situaciones como el logro de una vida matrimonial armónica, o el fracaso en el intento de hacerlo, producen en las vidas de los esposos son las mayores que un individuo pueda experimentar. Y sabemos, por haberlo constatado en las vidas de nuestros padres, abuelos y otras personas mayores que nos rodean, que la relación de varón y mujer ocupará el lugar central en nuestras vidas hasta su final. Incluso las estadísticas lo señalan: las mayores causas de estrés o de satisfacción en las personas son las relacionadas con las diferentes maneras, etapas y situaciones propias de la relación hombre-mujer, en cualquiera de sus dos vertientes: afecto mutuo y procreación.
Esta atracción universal, sentida por mujeres y hombres, incluye la necesidad de llegar a la intimidad sexual con una persona del otro sexo. La mayor parte de los seres humanos, sin embargo, sabemos que en realidad lo que nos atrae hacia las personas del otro sexo es algo que trasciende la simple satisfacción instintiva de tal impulso. Hay toda una lista alterna de afectos esperados que van unidos de la mano con el deseo de acercarnos a una persona del otro sexo y compartir nuestra vida con ella.
Sé que alguien podría asegurar que el deseo de compartir la vida con otra persona tanto a través de la intimidad sexual como del disfrute de los afectos que van vinculados con ella no se refiere exclusivamente a personas del otro sexo. Hay personas que sienten ese mismo deseo en referencia a personas de su mismo sexo, y la existencia de tales personas parece ser un argumento irrebatible en contra de cualquier intento de fundamentar cualquier estudio sobre el matrimonio sobre la base de la atracción mutua entre hombres y mujeres.
No es la intención de estas reflexiones sobre el matrimonio ignorar o negar la posibilidad de la existencia de verdadero afecto, distinto de la simple amistad, entre dos personas de mismo sexo. Pero tampoco podemos, sin embargo, pretender ignorar que hay una diferencia radical, esencial, insalvable, entre esa manera de relación y la que se da entre personas de diferente sexo. Hay algo que hace totalmente distintas a esas dos realidades y que es imposible soslayar: la única relación sexual entre dos personas que puede engendrar vida es la que se da entre personas de diferente sexo. Así como el organismo de la mujer no puede producir espermatozoides, el organismo masculino no puede producir óvulos. Se requiere la actividad y la fusión de ambos elementos para que surja un nuevo ser humano. Sólo la actividad sexual conjunta y complementaria de mujer y varón puede engendrar un nuevo ser humano. Hay también otras actividades que son propias de cada sexo durante los períodos de embarazo, lactancia, educación de la prole, etc. que, si bien pueden ser realizados en forma vicaria por otros, la naturaleza demuestra claramente que sus procesos originales deben ser realizados por los padres, en especial por la madre. El padre, u otra persona, puede hacer las veces de la madre en lo tocante a ciertos aspectos de la educación de los hijos, aunque probablemente el resultado no sea el mismo, pero nadie puede llevar al hijo en su vientre sino la madre. Es precisamente esta indispensabilidad de la madre en la totalidad de la vida común de un varón y una mujer lo que origina el nombre de "matrimonio", proveniente de las palabras latinas "matris", de la madre, y "monium", un sufijo que indica "responsabilidad o condición jurídica". El matrimonio, tomado en ese sentido, significa la condición jurídica de la madre: sus deberes y derechos -que obviamente incluyen los relacionados con la crianza de los hijos- y su situación ante la ley. Es evidente que la madre, la que engendra y cuida la vida del hijo, es el centro semántico de este nombre y refleja la realidad del papel de la mujer en la procreación, al mismo tiempo que dirige nuestra atención al respeto y cuidado que la sociedad y el Estado deben brindarle. No es posible hablar de matrimonio si no es para significar la relación humana que puede engendrar nueva vida.
El matrimonio es, entonces, y visto desde esa perspectiva, una relación que ha existido desde que el ser humano apareció en la historia y que durará mientras dure ésta. Las sucesivas generaciones de humanos así lo han reconocido y han mantenido invariable su entendimiento de la naturaleza y finalidad del matrimonio, reflejándolo en las costumbres que rodean su preparación, las ceremonias con las que se celebra su inicio, las leyes que lo regulan y protegen, y las diversas formas en las que ha sido reconocido socialmente. Lo que ha variado es la forma como se vive la realidad fundamental de la relación matrimonial. Así lo demuestra la historia.
2. Breve revisión de las formas adoptadas por el matrimonio en la historia.
Los antropólogos parecen coincidir en decir que en los albores de la humanidad el matrimonio -la pareja varón-mujer unida con fines de intimidad sexual y procreación- se vivía de acuerdo a un concepto muy primitivo, sin que hubiese aún algún tipo de reflexión sobre su naturaleza. Se vivía el fenómeno de la intimidad sexual y la procreación en un contexto de asombro sin respuestas. No se habían establecido aún normas definidas sobre las relaciones sexuales ni sobre la paternidad/maternidad. Las parejas varón-mujer que se formaban dentro de los diferentes grupos humanos podían ser o no ser estables. Pero la motivación inicial de formar una pareja de ese tipo era siempre la que la naturaleza humana había establecido: la intimidad sexual y la procreación. Los mismos instintos paternales y maternales que ya existían en las etapas primarias de la evolución humana, enriquecidos con la función intelectual propia de la naturaleza humana fueron exigiendo paulatinamente la protección de parte de la comunidad para la crianza de los hijos; los varones fueron desarrollando formas sociales y familiares que les aseguraran que los hijos eran suyos y no de otro. Del mismo modo, la necesidad de proteger al propio grupo de las injerencias indeseadas de otros grupos, poco a poco fue exigiendo reglamentar las uniones entre varones y mujeres al interior del mismo grupo. Y aunque los antropólogos no parecen poder ponerse de acuerdo en este punto, me parece que aún en las etapas primitivas de la humanidad debe haber existido el amor, con las exigencias que él acarrea: fidelidad, exclusividad, etcétera.
Era de esperarse entonces que, siguiendo el desarrollo de las sociedades humanas, pronto aparecieran en el panorama las costumbres, los patrones sociales de conducta y las normas relativas al matrimonio. La sociedad crece gracias al matrimonio y éste, por ende, merece la protección de aquella. El matrimonio definitivamente tiene un papel peculiar en la sociedad: asegura la supervivencia de la sociedad aportando sangre nueva, nuevas personas, por lo que debe exigir todo tipo de ayudas sociales para llevar a cabo su misión e incluso para su permanencia. La sociedad adquiere, por tanto, una evidente responsabilidad respecto a la pareja y a sus hijos. El nombre mismo de tal relación, "matrimonio", fue acuñado durante la época dorada del Imperio Romano, cuando se crearon las leyes, que aún son modelo de las de casi todas las demás naciones, para representar jurídicamente el significado y los alcances tanto individuales como sociales de dicha relación.
La sociedad con ello reconoce la realidad y la dignidad de esta institución creada por la naturaleza. Es de esperarse, claro, que ese reconocimiento se inicie por los actores principales del matrimonio: el esposo y la esposa, el papá y la mamá.
No han faltado personas, sin embargo, que, a lo largo de la historia, ante la realidad de la relación matrimonial, han planteado todo tipo de hipótesis respecto a su naturaleza, a su finalidad, y a las formas que reviste en la práctica. Esto puede deberse, quizás a una confusión, hasta cierto punto comprensible, entre la naturaleza del matrimonio y las diversas formas como éste puede realizarse. Entre los diferentes aspectos que dicha relación conlleva, hay algunos que han merecido atención especial de parte de la sociedad en general y de los pensadores, filósofos, políticos y sociólogos. Entre esos aspectos destacan, por ejemplo: la naturaleza del amor -tan característico de los seres humanos-, el instinto sexual, la selección de los cónyuges, la forma socialmente válida de establecer el matrimonio, la relación de los esposos con sus respectivas familias, la relación mutua de los cónyuges y sus roles en la vida matrimonial, los derechos de los padres y/o del Estado sobre los hijos.
Algunas opiniones famosas sobre la naturaleza del amor, como la descrita por Platón en uno de sus famoso diálogos, buscan describir de algún modo la atracción entre hombres y mujeres. Aristófanes, el cómico invitado al célebre banquete que sirve de título al diálogo en el que Sócrates y varios otros personajes discuten acerca del amor, utiliza la mitología para explicar qué atrae al hombre hacia la mujer, y viceversa, o a hombres hacia hombres o mujeres hacia otras mujeres. En pocas palabras, lo que dice Aristófanes es que, en épocas remotas, los seres humanos eran seres dobles: cada persona estaba constituida o por dos hombres, o por dos mujeres o por un hombre y una mujer unidos físicamente. Como castigo por cierta falta de la humanidad, los dioses decretaron la separación física de las personas, haciendo de cada una de sus partes una nueva persona, lo que hizo que cada una de ellas buscara reunirse de nuevo con la que antes estaba unida a ella. Obviamente, lo único que cuenta en esta explicación es el aspecto amoroso-erótico; la necesidad humana de intimidad afectiva y sexual. Lo relativo al aspecto procreativo de la institución matrimonial lo toca Platón en otra de sus obras, "La República", siempre en clave social. La atracción mutua experimentada por personas de ambos sexos aparece en varios momentos en dicho libro, incluso se llega a hablar de ella como uno de los puntos que hacen urgente la educación moral de los jóvenes. Sin ella, afirma él, difícilmente habrá disciplina en la juventud y eso acarrearía un peligro para la armonía de la Polis.
La institución matrimonial y, a la par, la familiar, es reconocida por Platón, y luego por Aristóteles, como un elemento importante en la constitución y fortalecimiento de la Ciudad Estado, y por lo tanto la hacen merecedora de una atención especial de parte de la autoridad y la ley. Comenta al respecto Platón (La República, l. V): "Esperamos que hicieses mención de la procreación de los hijos; de la manera de criarlos. En una palabra, de todo lo que atañe a la comunidad de mujeres e hijos, porque estamos convencidos de que tiene extraordinaria importancia, o mejor aún, que influye en toda la sociedad la decisión que en ese particular se adopte".
El papel de la mujer, tanto en el seno del matrimonio como en la sociedad griega ideal está marcado por las características exclusivas del sexo femenino: las que convierten a la mujer en dadora de vida y cuidadora por excelencia de los hijos. Se reconoce la total igualdad de derechos a la mujer, pero precisamente por sus funciones propias respecto de la prole, queda colocada en un nivel de dependencia del marido, quien posee total autoridad sobre ella y los hijos, quienes, a su vez, pertenecen a la Ciudad Estado. La paternidad y la maternidad, o sea, el ejercicio de la sexualidad masculina y femenina con objeto de procrear hijos, son condiciones biológicas de los pobladores de la Polis para garantizar su subsistencia. El aspecto erótico de la relación sexual o las necesidades afectivas son, aparentemente, asuntos tangenciales a lo que ellos consideran como la finalidad primaria de la sexualidad: engendrar, concebir y parir hijos para la ciudad.
Una cosa es evidente en estos autores: no obstante que reconocen la existencia en la sociedad de parejas conformadas por personas del mismo sexo, nunca las incluyen dentro de sus consideraciones en torno al matrimonio. Tales uniones no forman matrimonios, ni constituyen una realidad que merezca ser considerada como parte integral y naturalmente necesaria de la sociedad, de la república. La ausencia de la prole en tales uniones las hace incompatibles con la esencia del matrimonio y del papel imprescindible e importantísimo de este último en la sociedad.
En cierto modo la forma como los griegos concebían el matrimonio refleja lo que muchos otros pueblos han pensado sobre el mismo y que consiste básicamente en la unión libremente decidida de un varón y una mujer en busca de intimidad sexual y afectiva, y con el propósito de engendrar hijos o al menos con la consciencia de que la intimidad sexual puede conducir a la procreación.
No obstante, la forma concreta en que se realiza esa unión, así como los factores que inciden en ella, nunca fueron totalmente iguales. La evolución de la familia, o más bien, de la concepción que de la familia se ha tenido en las diferentes culturas y civilizaciones marcaron las maneras como la unión matrimonial se ha realizado. Cada etapa de la evolución social y legal de la familia ha ido acentuando paulatinamente, sin embargo, la consciencia de que el matrimonio monogámico es el más adecuado a la naturaleza y finalidad de la persona humana y de la sociedad.
Ya desde la aparición de las primeras formas de familia, se prohibía, por ejemplo, la intimidad sexual entre padres e hijos y entre hermanos y hermanas. Permitía, sin embargo, la relación sexual de cualquiera de los cónyuges con los miembros del sexo opuesto de lo que hoy día conocemos como "familia política". Esto, obviamente, conducía a la incertidumbre sobre el origen de los hijos, asunto que fue adquiriendo cada vez mayor importancia como factor de unidad familiar. Las relaciones extramaritales del varón eran aceptadas socialmente en muchas sociedades. Incluso el Antiguo Testamento parece condonar tal estado de cosas a través de una serie de leyes en las que siempre se protegía el derecho del esposo a divorciarse e incluso a tener relaciones con mujeres distintas. La Biblia tiene registrada la lista de esposas del Rey David y de su hijo, Salomón. El primer libro de Reyes ( I Re 11,1), para citar un ejemplo, cuenta:
El rey Salomón amó a muchas mujeres extranjeras, además de la hija de Faraón, moabitas, ammonitas, edomitas, sidonias, hititas... tuvo setecientas mujeres con rango de princesas y trescientas concubinas.
El Quran musulmán también contiene pasajes que validan esta práctica, por ejemplo (Quran 4,3): “Si teméis no ser equitativos con (las dotes de) las huérfanas, entonces casaos con otras mujeres que os gusten: dos, tres o cuatro. Pero si teméis no ser justos, casaos con una sola o recurrid a vuestras esclavas. Esto (casarse con una sola mujer) es lo recomendable para evitar cometer alguna injusticia”.
La condición de las mujeres, aún hoy día, sigue siendo considerada en muchas naciones como de subyugación o dependencia del varón. A pesar de ello, en todos los casos se reconoce y sostiene el papel único de la unión entre hombre y mujer, que incluye tanto la búsqueda de satisfacción sexual y afectiva como la de engendrar descendencia. La poesía, los cantos, la literatura y el teatro de todas las naciones y de todos los tiempos son unánimes en describir de mil maneras la atracción mutua entre los dos sexos, y su expresión máxima en el amor conyugal, así como en el amor paternal y maternal.
3. El matrimonio a los ojos de la ley.
Precisamente para garantizar lo mejor posible el papel del matrimonio, y de la familia, en la sociedad, así como para delimitar exactamente, a través de establecer el status jurídico de ambas instituciones, el Derecho Romano estableció una rama especializada en el tema. Fue ahí donde la palabra "matrimonio", que ya era usada en forma popular, fue usada oficialmente para definir legalmente lo que por siglos había sido ya conocido y reconocido por todas las generaciones de seres humanos de la historia. No podía el Derecho Romano ignorar las condiciones mínimas que deben existir para que la unión de un hombre y una mujer -que es la única unión que reconoce para estos fines- sea jurídicamente reconocido como matrimonio. Las "Institutas" de Justiniano (Institutiones Iustiniani 1,9,1) dan la siguiente definición: "Las nupcias o matrimonio consisten en la unión del varón y de la mujer, llevando consigo la obligación de vivir en una sociedad indivisible". Había necesidad de definir el diferente papel que desempeñan en el matrimonio sus dos miembros, dejar definidos los derechos y las obligaciones que atañen a cada uno, y las posibles soluciones a los conflictos que pudieran surgir entre ellos durante la vida conyugal.
Un elemento importante en la definición de Justiniano es que únicamente es considerada como matrimonio la unión que incluye la decisión de ambos cónyuges de vivir juntos. Las reuniones pasajeras, las que únicamente buscan la satisfacción inmediata del deseo sexual, no obstante que pudieran resultar en la generación de una nueva vida, al no cumplir con la condición de permanencia no eran reconocidas como matrimonio. Y lo mismo es percibido por el sentido común universal. El Derecho Romano, sin embargo, lo acentúa al subrayar uno de los elementos constituyentes del matrimonio: lo que se conoce como “affectio maritalis”. Ese elemento es sumamente importante por constituir una condición indispensable para que el matrimonio sea sujeto de derecho. Se trata de la aceptación, manifestada libremente por ambos esposos, de iniciar su matrimonio en una unión monogámica. Tal aceptación, libre, tenía su manifestación más clara en el hecho de la convivencia de ambos esposos. Aunque a los ojos de los juristas romanos, el vínculo matrimonial duraba únicamente mientras duraba esa decisión.
4. El matrimonio en las tradiciones de los pueblos
Las ceremonias nupciales de los pueblos y culturas del mundo han dejado en evidencia la universalidad de esa visión del matrimonio. Esta visión permanece inmutable a pesar de que las formas de concretizar la unión de los esposos en la práctica han sido afectadas por factores externos, tales como el del desarrollo del concepto de familia y su vivencia, necesariamente acotada por los entornos socio políticos, culturales, económicos, etc.
Basta ver, para constatar lo anterior, cómo las civilizaciones y culturas del mundo siempre rodearon los rituales nupciales de una solemnidad y un alcance social que subrayan la coincidencia universal sobre de los mismos elementos básicos: la unión de hombre y mujer, la perspectiva de los hijos, y la trascendencia social de ambas. Los ritos del noviazgo, de la petición de mano, del compromiso matrimonial, de la dote (en las culturas donde se acostumbraba) siempre tuvieron un alto grado de relieve social. La ceremonia de los esponsales propiamente dicha -la boda- en todas partes ha alcanzado una solemnidad única. Los símbolos, los signos, la música, la vestimenta y demás elementos típicos de una boda colaboran con esa finalidad. El matrimonio siempre ha sido una institución que trasciende la mera decisión de dos personas y su posibilidad de realizar sus metas individuales por medio de la relación mutua; es una institución con un definitivo y claro sentido social.
Precisamente por ello en algunas épocas y regiones las costumbres referentes al noviazgo, al compromiso y a los preparativos para la boda se han convertido en temas de su folclore. Las formas de cortejar los hombres a las mujeres, las formas con las que las mujeres responden al cortejo masculino, y el papel de los padres de familia y otros parientes mayores durante el cortejo, conformaron al paso del tiempo elementos indispensables de la tradición e incluso de la validez del matrimonio. Los cuentos y leyendas tradicionales de muchos países se nutren precisamente de esa realidad. Tanto en Oriente como en Occidente el éxito o fracaso del matrimonio significaba -y aún significa, aunque con menor resonancia social- un éxito o fracaso no sólo para los cónyuges sino para las familias de ambos. La virginidad de las mujeres antes del matrimonio ha sido otro de los puntos sobre los que la sociedad tradicionalmente ha puesto mucha atención, aunque para cada vez más novios modernos es un punto irrelevante. La virginidad garantizaba ante la sociedad la pureza de la sangre de la prole y era sello de garantía de la firmeza moral de su familia al hacer patente la vigencia de los principios morales de esta última. La novia que llega virgen al matrimonio garantiza que el hijo que nazca es del único hombre con el que ha tenido relaciones sexuales: el marido. Esto era el sello de garantía de que la sangre del esposo, que era la que más contaba socialmente, había pasado incólume a la prole. La preservación de la pureza de sangre era señal de que en la familia regían los valores morales más elevados. Lamentablemente, la centenaria insistencia social en la virginidad de la mujer, eximiendo al varón de la misma exigencia, resabio trágico de la primacía otorgada por siglos al varón sobre la mujer, ha sido una causa más de concepciones equivocadas sobre la verdadera naturaleza de la sexualidad y de lamentables violaciones a la dignidad de la mujer, de violencia conyugal y familiar, y de otras torpezas sociales.
5. El matrimonio en las religiones.
Por su vocación a la transmisión de la vida y por ser la culminación de la tendencia natural al amor entre hombre y mujer, las religiones, desde las más primitivas hasta las más institucionalizadas, siempre han dedicado al matrimonio mucha atención.
La relación del matrimonio con la transmisión de la vida, y la vinculación peculiar de esta última con el sexo femenino, siempre llamaron la atención de la humanidad, la cual las relacionó en diferentes épocas y maneras con el poder divino de dar vida. Tanto el matrimonio, origen de la vida humana, como la facultad generatriz de la mujer siempre se vieron como algo originado en el cielo. Los periodos fértiles de la mujer, por ejemplo, que se repiten con casi idéntica frecuencia que los ciclos lunares, propiciaron que la mente humana elaborara conexiones entre la Luna y la vida, haciendo de nuestro satélite natural un objeto de culto en algunas religiones primitivas. El aspecto social del matrimonio, en cuanto que afecta el bienestar de la comunidad humana, queda subrayado por la bendición de ministros religiosos delegados por sus propias autoridades y acreditados socialmente. Los rituales religiosos propios del momento de los esponsales reflejan en parte esta conciencia universal. Además, es una aspiración normal de los jóvenes que celebran sus esponsales que su unión matrimonial dure por siempre, que su prole nazca sana y crezca con reconocimiento de todos, y cifran en ello su esperanza de alcanzar una vida feliz. A esto responden muchos elementos de los ritos esponsales con oraciones de súplica y bendiciones cuyo objeto es obtener para los contrayentes la intervención divina que garantice la realización de esa aspiración.
6. El matrimonio como realidad en duda.
Todo ese conjunto de leyes, costumbres y rituales que se fue formando paulatinamente a lo largo de la historia determinó eventualmente el esquema más universalmente aceptado de la institución matrimonial en el mundo durante siglos. Quienes pertenecemos a las generaciones de la primera mitad del siglo XX vimos encarnado en la vida cotidiana de nuestros padres (y en la de nuestros tíos y en la de los padres de nuestros amigos, y en la de la mayoría de matrimonios de ese tiempo) el convencimiento de que ese modelo de institución matrimonial pertenecía, en forma propia, y no por un decreto legal positivo, a la naturaleza humana; de que el matrimonio se formaba con la unión de hombre y mujer para amarse, compartir la intimidad sexual y tener hijos porque así estaba inscrito en la naturaleza de la raza humana.
Sorpresivamente, como efecto de una serie de factores culturales, económicos y políticos, la segunda mitad del mismo siglo y lo que va del siglo XXI han sido testigos de un cambio radical en la forma como la sociedad y las leyes tratan la institución del matrimonio. Hay una cadena de factores que ayuda a percibir el fondo de esta transformación. De esos factores el que puede considerarse como cardinal se resume de este modo: hay un convencimiento, de origen ideológico, en amplios sectores de la humanidad de que la sexualidad, el amor y la procreación son entidades independientes, cada una con naturaleza y finalidad propias.
No se trata, evidentemente, de un surgimiento repentino, postmodernista; como si de la noche a la mañana hubiese aparecido de la nada ese sentimiento de negación de la validez esencial del matrimonio y la familia, y de la desvinculación del amor, el sexo y la procreación. Ya desde la publicación de las obras de Hegel, Marx y sus discípulos, estas instituciones y sus funciones propias habían sido puestas en entredicho por considerarlas una forma de dominación masculina sobre la mujer, que socavaba la igualdad humana. El matrimonio, de acuerdo a ese esquema de pensamiento, no era sino una forma imperialista de dominio de una parte de la humanidad sobre la otra, y que, consecuentemente, debía desaparecer. De ahí se siguieron variadas expresiones de rechazo al matrimonio y a la familia, y de afirmación reiterada de la igualdad de los sexos, que pronto derivaron en exigencias de total liberación de las muchas “cadenas” que ataban a la mujer. Entre estas, obviamente, destaca la maternidad y las consecuencias de ésta, tales como la limitación de la participación femenina en el mundo laboral, cultural y político. La necesidad maternal de permanecer en el hogar para cuidar de los hijos, dentro de esa visión, es visto como una forma de represión masculina en contra de la mujer. Y finalmente llegamos en el siglo XXI a los paradigmas de la ideología de género, de libertad sexual ilimitada, del transgenerismo, de las uniones entre personas del mismo sexo, del derecho al aborto, etc. Es fácil ver cómo el matrimonio y la familia se han convertido, como resultado de tales ideologías, en entidades socialmente sospechosas y merecedoras de revisión.
En este nuevo -el más reciente- paradigma, las diferencias biológicas de las personas no tienen relación alguna con la personalidad individual, ni representan destinos obligatorios de comportamiento. El hecho de que una persona haya nacido varón no lo orienta por necesidad hacia la búsqueda de su complementación afectiva y sexual en la mujer, sino en cualquier otra persona. Los impulsos sexuales, por consecuencia, pueden ser satisfechos en cualquier relación, sea que esta conduzca a la paternidad o no. Cada persona es libre de elegir. Las personas se involucran en un intercambio sexual por una de dos razones: para satisfacer su impulso erótico o para procrear. Esos dos extremos no tienen relación mutua alguna, ni están vinculados con el amor. Y el sexo biológico -la sexualidad, la realidad sexuada de cada persona, su masculinidad o femineidad innata- es algo independiente, a su vez, de la forma como la persona vive su vida y como se relaciona sexualmente con otra. Si lo que se pretende es convertirse en padre o madre, la persona deberá necesariamente entablar una relación sexual con una persona de diferente sexo. Si únicamente se busca la satisfacción erótica, el sexo del otro es irrelevante. Como tampoco lo es en la vida diaria, fuera del contexto de la intimidad sexual. Un varón, se dice, puede libremente decidir actuar como mujer y considerarse mujer, y viceversa, pues la configuración primaria de su sexualidad es también irrelevante.
Esta visión de la persona humana -pues hablar de sexualidad es hablar de la persona humana concreta- pretende hacer del matrimonio una institución fluida, etérea, sin substancia, dependiente exclusivamente de las necesidades momentáneas de cada persona. Esto, a su vez, al separar radicalmente los propósitos de la sexualidad como si fueran ajenos unos de los otros, lleva a varias conclusiones ulteriores. La primera es que el matrimonio no incluye la procreación. Esto ha derivado en la pretensión de que la ley también considere verdadero matrimonio la unión de dos personas del mismo sexo. El argumento en el que se basa dicha búsqueda es que quienes se involucran en tales uniones también esperan obtener la complementación afectiva y satisfacción sexual que motiva a todo humano, aunque evidentemente excluyan la función generatriz. Las leyes que han respaldado esta posición argumentan de modo relativista en su defensa que la naturaleza del matrimonio únicamente puede ser definida por la visión de los que participan en ella. Este argumento fue utilizado, por ejemplo, por la Suprema Corte de los Estados Unidos, para defender su decisión de equiparar la unión de dos personas del mismo sexo a la de los matrimonios heterosexuales. La segunda conclusión de esta ideología sería que la procreación no es el fruto de una relación amorosa entre un hombre y una mujer, sino del deseo personal de un hombre o una mujer que utiliza a una persona del otro sexo para satisfacerse. La persona del otro queda reducida al nivel de mero instrumento. Esto abre la posibilidad de que el ser humano -la persona concreta- sea suplantado en el futuro, cuando la tecnología lo haga factible, por un aparato encargado de llevar a cabo mecánicamente el papel de los órganos sexuales humanos. La tercera consecuencia es que la vida humana se transforma en un valor comercial, que depende de los deseos de un individuo y de la disponibilidad de un servicio que se presta a través de cuerpos rentados o prestados o de instrumentos creados para ello, y que, en consecuencia, puede ser evitada o cancelada por el cliente en el momento que él quiera. El corolario inevitable de esto es evidente: la “normalización” del aborto; su aceptación y reconocimiento como un derecho humano, equiparable al derecho de hablar, de respirar, de caminar. Se ha llegado incluso a concebir el valor de la vida humana según criterios económicos, de salud o de raza. El bebé al que le espere una vida de precariedad o de enfermedad debe ser eliminado antes de nacer. Son famosos los dichos de la señora Margaret Sanger, ideóloga y fundadora de organismos como Planned Parenthood, la empresa abortista más grande del mundo, respecto a lo que se debe hacer con los bebés. En su libro de 1920, “Woman and the new race”, Sanger afirma: “El mayor acto de misericordia que una familia puede hacer a sus hijos pequeños es matarlos”. Esta subversión del valor de la vida humana, puesta en el contexto de la familia, y, por ende, del matrimonio, hace “válidos” moralmente todos los sistemas de control natal, incluido, obviamente, el aborto, y reduce la finalidad del matrimonio a la satisfacción del impulso sexual.
Tal visión del matrimonio, tristemente, ya existe escrita en las leyes de muchísimos países. Las iniciativas de ley que buscan redefinir la naturaleza del matrimonio normalmente son propuestas por minorías radicales, pero eventualmente logran la aprobación de la mayoría parlamentaria gracias al apoyo de grupos de legisladores que carecen de una seria formación moral o que temen quedar mal frente a los llamados “formadores de opinión”.
Luego de revisar lo que piensa el mundo sobre el matrimonio, pasemos ahora a ver lo que Dios y la Iglesia Católica piensan sobre él.
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