Capítulo III
No es bueno que el hombre esté solo: el verdadero matrimonio
III, 1. la soledad humana
Ya vimos cómo Jesús se sirve del texto del libro del Génesis para responder a los cuestionamientos planteados por sus contrincantes. Y lo hace tomando y combinando versículos de dos capítulos distintos de dicho libro. Hay que recordar que Génesis, a pesar de que describe todo el proceso creador de Dios como iniciándose “bereshit”, en un único principio, curiosamente incluye dos narraciones distintas de la creación. No obstante, la existencia de esas dos versiones del mismo acontecimiento, distintas una de otra, no afecta en nada la unidad del mensaje bíblico. Al contrario. Si bien su inclusión en el texto sagrado se explica porque sus autores pertenecían a diferentes y sucesivas escuelas de pensamiento teológico, ambos compartían un objetivo común, a saber, que su pensamiento, guiado obviamente por el Espíritu Santo, sirviera de enseñanza para el pueblo de Israel. No son narraciones contradictorias, sino complementarias. El uso que hace el Señor Jesús de esos versículos corrobora lo anterior. En el presente capítulo y en los subsiguientes nos enfocaremos en diferentes versículos de esos textos para ampliar nuestro conocimiento de lo que Dios espera de nosotros como imágenes suyas en relación a la sexualidad, al amor y al matrimonio.
En el capítulo segundo, que hay que leer íntegro, encontramos el pasaje siguiente (Gn 2, 4-25)
“Esos fueron los orígenes de los cielos y la tierra cuando fueron creados. El día en que hizo Yahveh Dios la tierra y los cielos, no había aún en la tierra arbusto alguno del campo, y ninguna hierba del campo había germinado todavía, pues Yahveh Dios no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que labrara el suelo. Pero un manantial brotaba de la tierra, y regaba toda la superficie del suelo. Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente. Luego plantó Yahveh Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado. Yahveh Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer, y en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal… Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en el jardín del Edén, para que lo labrase y cuidase… Dijo luego Yahveh Dios: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.” Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera. El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, mas para el hombre no encontró una ayuda adecuada. Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: “Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada”. Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne. Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro.”
Claramente se perciben en esta narración dos elementos que forman los dos polos, mutuamente complementarios, de la narración. Por una parte, la creación del hombre aparece como el objetivo final del proceso del que surge la totalidad de la creación. Dios gradúa -por así decir- el ejercicio de su poder creador de tal modo que no crea el resto de la naturaleza hasta que el hombre entra en escena. Todos los demás seres: minerales, vegetales y animales, son creados teniendo en cuenta al hombre. Solamente anteceden a este último el agua y la tierra, los elementos vitales por excelencia. El varón es formado con el polvo -hecho que luego explica su nombre: “Adán”, tierra- ese elemento vital para la existencia de la vida. Pero el Creador sigue un procedimiento distinto del que usó para la creación de los demás seres, como se ve en los versículos subsiguientes. Dios introduce en la naturaleza humana un elemento distintivo: su Espíritu, el aliento que sale de su propio ser divino. Es este aliento divino, insuflado directa y personalmente por Dios en el hombre, lo que constituye la característica esencial más profunda de este último, y es lo que lo deja listo para posicionarse ante el siguiente momento de la actividad creadora de Dios. En esta fase creativa posterior, el ser humano acompaña a Dios ejerciendo ya una función de dominio: la imposición de nombres a los otros seres que conforman el universo material. La totalidad de los seres, juntos, forma un jardín maravilloso en el cual el varón encuentra todo lo que necesita… excepto la compañía de otro ser con el cual pueda relacionarse de forma adecuada.
Dios le encomienda al hombre una misión que nosotros, los que vivimos en el siglo XXI, posiblemente encontremos difícil de entender: dar nombre a los seres vivientes que poblaban aquel jardín. Esta misión se entiende fácilmente, y además ayuda a aclarar la enorme misión que le corresponde al hombre en la creación, si recordamos que para las personas que escribieron este y muchos de los otros libros de la Biblia, el nombre de las cosas no sólo sirve para que podamos hablar de ellas con los demás. El nombre define lo que la cosa es, y la acción de poner nombre a las cosas es un acto de dominio sobre ellas. En ese sentido, la encomienda que hace Dios al hombre de designar nombres para los demás seres de la creación constituye un otorgamiento de poder para que el hombre se convierta en el administrador primario de la creación. Evidentemente, esto no es una cesión absoluta de parte del Creador de sus derechos sobre el universo, sino más bien una delegación, o mejor, un facultar al hombre para ser copartícipe y corresponsable de la historia, la cual, evidentemente, no se refiere tan sólo a la interrelación humana, al interactuar de las personas entre sí, sino a toda acción de una persona respecto a la humanidad y a todo ser creado.
“Mas para el hombre -dice el texto de Génesis- no encontró una ayuda adecuada”. Algunos estudiosos de la Biblia comentan que la palabra “ayuda adecuada” con la que se ha traducido el vocablo original hebreo no expresa su fuerza original. Más que simple ayuda, lo que el escritor sagrado quiso expresar es un refuerzo activo y decidido; una especie de rescatista de una situación comprometida. En sus andanzas entre las demás creaturas el hombre se dio cuenta que no podía comunicarse con ellas. Había entre él y ellas una abismo ontológico, existencial, insalvable; lo único común entre el ser humano y los demás seres eran algunas características biológicas, químicas y físicas, pero faltaba aquello para lo cual el hombre había sido vivificado por el aliento de Dios. No únicamente es incapaz el hombre de comunicarse con animales, plantas y minerales, sino que esas creaturas no son, evidentemente, el objeto de la vocación esponsal del hombre. Ninguna de las demás creaturas puede convertirse en objeto de la total donación de la persona en el amor. Nunca podrá el ser humano amar un animal, una planta o un mineral del mismo modo que ama a un ser humano del sexo complementario. Por otro lado, aunque la Sagrada Escritura en otro pasaje describe cierta familiaridad existente entre el hombre y Dios, quien visita el jardín a diario para conversar con el hombre, esta relación tampoco puede ser nunca una relación esponsal. La relación del varón con Dios en el paraíso tampoco era la adecuada para responder a la vocación al amor esponsal de la creatura humana. No obstante que es doctrina aceptada por cristianos y judíos que el corazón humano únicamente encontrará plena satisfacción al “ver el rostro de Dios”, como lo expresa frecuentemente el Antiguo Testamento, y “que nuestra alma no descansa hasta reposar” en Él, como lo expresa hermosamente san Agustín (Confesiones I,1,1), la satisfaccion de esa aspiración se reserva para cuando hayamos cruzado la línea final de nuestra historia personal. Más allá de esa línea no existirá ya la soledad que experimentamos ahora, porque además de estar entonces cara a cara frente al rostro de Dios, tampoco experimentaremos la atracción hacia las personas de otro sexo que experimentamos ahora, ni nuestro deseo de donarnos exigirá la corporalidad. La sexualidad, tal como la experimentamos en esta vida, sirve únicamente para que el ser humano cumpla su función como imagen de Dios en la Tierra, dentro de los límites de la historia. Cristo mismo puso esto en claro cuando afirmó (Lc 20,4) que en el cielo las cosas serán distintas:
“Los hijos de este mundo toman mujer o marido, pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido”.
Las condiciones de corporeidad con las que Dios ha marcado la naturaleza humana -a su imagen y semejanza- establecen también las condiciones de temporalidad y dependencia de toda relación humana, incluso la que se entabla con Dios, en el marco de la historia de cada persona (lo cual no significa que una vez que con nuestra muerte hayamos trascendido el tiempo y la geografía vayamos a devenir seres amorfos; continuaremos siendo varones y mujeres, pero con las características de los resucitados). Hay, en resumen, una diferencia infinita entre la esencia creatural del ser humano, dependiente y relativo esencialmente, y el ser divino, infinito y absoluto, de Dios. Tampoco es este último, entonces, un interlocutor que pueda situarse en el mismo plano que Adán, el surgido de la tierra y del aliento divino. El Doctor Angélico, santo Tomás de Aquino, enseña lo siguiente (Summa Theologiae, I-Ii, q.4, art 5): “Hay dos clases de bienaventuranza: una imperfecta, que se tiene en esta vida, y otra perfecta, que consiste en la visión de Dios. Ahora bien, es claro que para la bienaventuranza de esta vida por necesidad se requiere el cuerpo, porque la bienaventuranza de esta vida es una operación del entendimiento, del especulativo o del práctico. Pero no puede haber operación del entendimiento en esta vida sin imagen, que sólo está en un órgano corpóreo... Y así la bienaventuranza que puede tenerse en esta vida depende de algún modo del cuerpo… Pero es evidente que la esencia divina no puede verse mediante imágenes… Por consiguiente, la bienaventuranza perfecta del hombre no depende del cuerpo, pues consiste en la visión de la esencia divina. En consecuencia, el alma puede ser bienaventurada sin el cuerpo.”
Lo anterior no debe llevarnos a concluir que la corporeidad es un obstáculo para que el hombre establezca una relación con Dios, ni para que el hombre realice su vocación fundamental. El ser humano se salvará, o se condenará, con y gracias a su corporeidad. En la Liturgia de las Horas del martes XXXIII del tiempo ordinario, se lee el siguiente texto, de un autor desconocido del siglo II. “Que ninguno de vosotros diga que nuestra carne no será juzgada ni resucitará; reconoced, por el contrario, que ha sido por medio de esta carne en la que vivís que habéis sido salvados y habéis recibido la visión. Por ello, debemos mirar nuestro cuerpo como si se tratara de un templo de Dios. Pues, de la misma manera que habéis sido llamados en esta carne, también en esta carne saldréis al encuentro del que os llamó. Si Cristo, el Señor, el que nos ha salvado, siendo como era espíritu, quiso hacerse carne para podernos llamar, también nosotros, por medio de nuestra carne, recibiremos la recompensa.”
El hombre experimentó así la soledad en el paraíso. No se trataba, no obstante, del sentimiento al que normalmente llamamos soledad cuando experimentamos el aislamiento, la pérdida dolorosa de la compañía de los demás; cuando nos quedamos solos. La soledad de Adán tiene dos vertientes. Por un lado, se trata de la experiencia de saberse un ser único y distinto frente a todas las demás creaturas y frente a Dios. Es esta soledad el resultado del conocimiento que el hombre tuvo de sí mismo en ese momento; es la consciencia de su naturaleza como creatura única y por ende de su persona, y de su personalidad; de todos los factores que lo constituyen como ser humano y como persona individual. Se trata de la soledad que todos experimentamos a lo largo de nuestra vida: somos seres únicos; somos miembros, sí, de la raza humana, participantes de la misma naturaleza que todos los demás pobladores humanos del planeta, pero nuestra personalidad es única. Nadie puede pensar o sentir por nosotros, ni juzgar el mundo por nosotros, ni tomar decisiones por nosotros. El dolor físico que yo siento solamente lo siento yo, al igual que es exclusivamente mía la alegría que me llena en algún momento. Soy yo el que decido si estudio esto o aquello, si hablo con esta o con aquella persona. Somos los únicos responsables de nuestros actos.
III,2. La compañía adecuada del varón.
Por otra parte, Adán experimenta el deseo de amar, y de ser amado como la persona única que es. Su naturaleza humana, imagen del Dios trinitario, está diseñada para el amor, para la donación de sí mismo a otro ser que pueda recibir y reciprocar su donación. No obstante, en aquel momento, antes de la aparición de la mujer, para Adán no existe tal ser. Está solo. Dios entra en escena de nuevo:
“No es bueno que el hombre esté solo”.
La creación de esa ayuda adecuada -de la mujer, Eva- es también decisión de Dios. Su creación es, como la del hombre, un acto de intervención personal de Dios. Él y ella, cada uno de nosotros, varones o mujeres, somos fruto individual de un acto libre de Dios, uejecutado personalmente por Él. Al crear al varón, según la narración del capítulo primero del Génesis, Dios hace explícita su decisión creadora de la humanidad con las palabras “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Con tales palabras creó a Adán. Fueron palabras que no utilizó respecto a ninguna otra de las creaturas. A ellas las creó utilizando la fórmula, impersonal, “Hágase la luz” o “Háganse los cielos”. Al crear a la mujer (Gn 2,18), Dios vuelve a usar el estilo personal que había utilizado en la creación del varón:
“Voy a hacerle una ayuda adecuada”.
La soledad de Adán terminó cuando vio frente a sí a la mujer, hueso de sus huesos y carne de su carne. El primer varón vio en Eva a un ser igual a él, con el que no únicamente podría entablar conversación, sino que evidentemente era el destinatario adecuado de su amor. Siendo la mujer igual que él como persona, ella podría complementarlo de tal forma que los dos llegaran a formar un nuevo cuerpo. Y supo entonces Adán que su amor por la mujer sería tan fuerte que se sobrepondría eventualmente al de la propia familia. La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, en un documento del 2004 (Carta sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el mundo), describe bien esta verdad: “La segunda narración de la creación confirma de modo inequívoco la importancia de la diferencia sexual. Una vez plasmado por Dios y situado en el jardín del que recibe la gestión, aquel que es designado —todavía de manera genérica— como Adán experimenta una soledad, que la presencia de los animales no logra llenar. Necesita una ayuda que le sea adecuada. El término designa aquí no un papel de subalterno sino una ayuda vital. El objetivo es, en efecto, permitir que la vida de Adán no se convierta en un enfrentarse estéril, y al cabo mortal, solamente consigo mismo. Es necesario que entre en relación con otro ser que se halle a su nivel. Solamente la mujer, creada de su misma “carne” y envuelta por su mismo misterio, ofrece a la vida del hombre un porvenir. Esto se verifica a nivel ontológico, en el sentido de que la creación de la mujer por parte de Dios caracteriza a la humanidad como realidad relacional”.
Santo Tomás de Aquino describe, en su forma peculiar de expresarse, el grado de plenitud personal experimentada por el hombre y la mujer al donarse uno al otro en el amor. La expresión “un solo cuerpo” usado por la Biblia para expresar el efecto de la unión matrimonial, va más allá de la mera relación sexual y la compenetración corporal que la acompaña. Santo Tomás escribe ( Summa Theologiae, qq. 27 y 28), tratando sobre la Santísima Trinidad, que amado y amante “inhabitan” el uno al otro de tal modo que el amado es contenido en el amante al quedar impreso en su corazón. Y viceversa. Esta mutua inhabitación hace que ambos terminan por amar el amar, deseando amar al otro como el mayor bien posible. La persona, al hacerse consciente del alcance del amor, el bien de su amado, naturalmente desea amarlo más para poder seguir deseando ese bien.
En este primer encuentro de Adán y Eva emerge también la palabra que por primera vez abre la boca del hombre, en una expresión de maravilla:
“Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gn 2, 23)
La exhortación apostólica “Amoris laetitia” (Amoris laeria, 7), del Papa Francisco, describe de modo magistral ese momento del primer encuentro del hombre con la mujer: “Jesús, en su reflexión sobre el matrimonio, nos remite a otra página del Génesis, donde aparece…la inquietud del varón que busca «una ayuda recíproca», capaz de resolver esa soledad que le perturba y que no es aplacada por la cercanía de los animales y de todo lo creado. La expresión original hebrea nos remite a una relación directa, casi «frontal» —los ojos en los ojos— en un diálogo también tácito, porque en el amor los silencios suelen ser más elocuentes que las palabras. Es el encuentro con un rostro, con un «tú» que refleja el amor divino y es, como dice el sabio bíblico (Sir 36,24)
«El comienzo de la fortuna, una ayuda semejante a él y una columna de apoyo»,
O bien, como exclamó la mujer del Cantar de los Cantares (Cant 2,16; 6,3) en una estupenda profesión de amor y de donación en la reciprocidad:
«Mi amado es mío y yo suya… Yo soy para mi amado y mi amado es para mí»
Es interesante saber que en el texto original hebreo del Génesis al varón se le designa de dos maneras. Primero se le llama “Adam” (Adán, en la versión española), o sea, “de la tierra”, que puede interpretarse simplemente como “ser humano”. Pero a partir de la entrada en escena de la mujer, Eva, a Adán se le llama “ish” varón, y a la mujer, “isha”, “varona”, el complemento del varón. Fue Adán el que experimentó la soledad existencial de la que hicimos mención arriba. Su experiencia, claro, no es exclusiva de él. Todo ser humano, en forma más o menos consciente, con más o menos intensidad, tiene idéntica experiencia, que se termina cuando encontramos a quien es hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne. La presencia de la persona del otro sexo es el factor que acentúa la experiencia individual de nuestra sexualidad, la cual nos ha configurado desde nuestra concepción como personas individuales. La creación de la mujer, considerada a la luz de este pasaje, tiene la doble función de otorgar al varón lo único que puede verdaderamente, por un lado, aliviar su necesidad de complementación física, pero también, por otro lado, aliviar su soledad existencial. De no ser superada esa soledad, esta terminaría aniquilando al varón al impedirle vivir de acuerdo a su naturaleza esponsal, “relacional”; a su “ser para”. El adjetivo “esponsal”, cuya etimología en la lengua latina se encuentra en los sustantivos “sponsus” y “sponsa”, esposo y esposa -el varón y la mujer que se han comprometido en matrimonio- sirve bien para expresar la naturaleza del ser humano. La persona en su totalidad fue diseñada por Dios de tal modo que encontrase su plenitud humana en la donación de sí misma a una persona del otro sexo, en el matrimonio.
Esto último es importante. La frase bíblica “no es bueno que el hombre esté solo” puede producir la impresión de que Dios es un creador que va improvisando sobre la marcha; que una vez creado Adán, Dios cayó en la cuenta de que algo le faltaba y por eso se apresuró a crear a la mujer. Nada más lejano de la verdad. Está claro, al contrastar esa narración con la otra, que el plan que Dios tenía desde el principio sobre el ser humano incluía a ambos: varón y mujer. La razón de la existencia de la mujer no fue la complementación del varón; como si de pronto Dios se hubiera dado cuenta de que había hecho a Adán de modo imperfecto y se viera forzado a reparar el defecto creando una nueva creatura no planeada hasta ese momento. Génesis 1, 27 es muy claro: Dios creó al varón y a la mujer. El uso de la conjunción copulativa -“y”- indica que Dios los creó por separado para que quedara patente su voluntad original de crearlos independientemente uno de otro, pero relacionados mutuamente por la sexualidad y por la misma vocación esponsal. Ambos son imagen suya. En otras palabras, Dios estableció una relación personal con cada uno de ellos; cada uno de los dos tiene una relación directa y personal con Dios. Dios ama a cada uno de los dos en forma personal; al varón como varón y a la mujer como mujer. Así lo ha enseñado siempre el Magisterio de la Iglesia. La dignidad que la mujer posee como persona no la obtuvo por el hecho de ser la pareja complementaria del varón, como podría pensar alguien a partir de una lectura superficial del texto bíblico, sino por ser ella también imagen de Dios, del mismo modo que lo es el varón, y estar también ella colocada, como el varón, en el centro de la creación. La razón por la que el escritor sagrado del segundo texto acentúa la soledad del varón y su necesidad de compañía es precisamente para describir la identidad de esencia entre varón y mujer, la subjetividad del ser humano, y la vocación esponsal de ambos.
Algunos rabinos hacen una interpretación interesante de los textos bíblicos que narran la creación del universo, poniendo especial atención en la creación de la mujer. El texto del capítulo primero del Génesis -explican los rabinos- narra cómo Dios va creando los diferentes seres que pueblan el universo cada uno en diferente día. El día sexto, el último de la tarea creadora de Dios, culminó con la creación del varón. Es en el capítulo segundo -que específicamente habla del séptimo día, el sábado, en el que Dios descansa de su obra- donde se describe la creación de la mujer. El sábado es el día santo por excelencia, cuando toda la creación reconoce a Dios como creador, y es precisamente en ese día en que aparece la mujer en la creación. La mujer, destinada a ser la ayuda del varón y la protectora por excelencia de la vida humana, hace su entrada en la historia precisamente en el contexto de la celebración de la santidad de Dios, dando a entender con eso tanto la santidad del matrimonio como de la vocación humana a la generación de nueva vida.
Es por ello que nuestro descubrimiento de la persona del otro sexo, descrito bíblicamente a través de la narración de la aparición de Eva frente a Adán, es otro de esos acontecimientos a través de los cuales nos hacernos plenamente conscientes de la grandeza de nuestra individualidad, necesariamente constituida por nuestra sexualidad. Ningún varón conocería la característica de complementariedad de su propio sexo, y por lo mismo, la diferencia con el sexo femenino, si no hubiera mujeres en el mundo. En el caso de Adán y Eva, además, este descubrimiento los lleva a comprender la “verdad de su cuerpo”, como lo expresa Juan Pablo II, o sea a comprender el papel que el cuerpo desempeña en la vocación al amor que está inscrita en la naturaleza humana. El Génesis habla de ello al comentar cómo, antes de que los Primeros Padres comieran el fruto del que no debieron haber comido, no se avergonzaban de sus cuerpos, pues se veían uno a otro en la forma como Dios los había creado al principio, con la dignidad con la que Él había dotado a cada uno.
III,3. Igualdad, dignidad y vocación común
El que haya Dios sacado a Eva de la carne de Adán, y no del polvo como lo hizo al crear a este último, pone esta verdad de manifiesto de un modo más gráfico. De un lado, el origen substancial -para expresarlo de algún modo- de Eva: la carne/persona de Adán, hace de ella un ser idéntico en naturaleza con él; idéntico al ser humano creado del polvo; idéntico al primer ente creado expresamente a imagen de Dios. Querer interpretar, entonces, esta figura bíblica como una promoción de la inferioridad de la mujer frente al hombre es forzar innecesaria e injustificadamente el objetivo que movió al escritor sagrado a utilizarla. Lo que destaca en esa frase es primeramente la participación de ambos sexos en la única esencia del ser humano. En segundo lugar, el que Eva sea creada a partir de una parte necesaria del cuerpo de Adán indica que éste no estará completo sin aquella. La costumbre popular de referirse el varón a su esposa utilizando cariñosamente la palabra “mi costilla”, que tiene su origen en este pasaje escriturístico, es un reconocimiento de esta verdad por parte de la sabiduría popular. A este respecto, es interesante notar que la palabra hebrea usada por el Génesis en esta escena -"tsela"- la cual normalmente ha sido traducida como "costilla", además de usarse como el nombre de un hueso específico del cuerpo del varón, también indica "un lado", “un costado” del mismo. O sea, es una forma de decir "la mitad" del varón. Los dos sexos son recíprocamente complementarios. Y esta complementariedad, como el mismo texto bíblico nos ayuda a entender, no se refiere únicamente a la universal necesidad humana de intimidad sexual, sino a la totalidad de la vida misma de ambos; a la comunión total. Ambos son, el uno para el otro, compañeros de vida. Los últimos versículos del primer capítulo del Génesis (Gn 1,26-31) nos ayudan a iluminar este punto:
“Y dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra”. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.” Dijo Dios: “Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre el haz de toda la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla; para vosotros servirá de alimento. Y a todo animal terrestre, y a toda ave de los cielos y a toda sierpe de sobre la tierra, animada de vida, toda la hierba verde les doy como alimento.” Y así fue. Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien.”
Tanto en la tarea de ser padres, de transmitir vida a otros seres humanos -y de cuidar, cultivar y ayudar esa vida a alcanzar su meta final- como en la de administrar, cuidar y desarrollar toda la realidad que rodea la vida humana, hombre y mujer son compañeros indispensables. Enseña el Papa Francisco en su encíclica “Dignitas infinita” (Dignitas infinita, 11): La “imagen” no define el alma o las capacidades intelectuales, sino la dignidad del varón y de la mujer. Ambos, en su mutua relación de igualdad y amor recíproco, cumplen la función de representar a Dios en el mundo y están llamados a cuidar y nutrir el mundo”. Ambos utilizan en esa tarea las características que los hacen esencialmente idénticos pero mutuamente distintos y complementarios. Esta verdad puede expresarse también diciendo que, a pesar de sus diferencias mutuas, y gracias a ellas, varones y mujeres son iguales en naturaleza y en dignidad. Esta verdad la comprenden mejor los cristianos. La reflexión sobre el sacramento del bautismo, por ejemplo, nos ayuda no sólo a percatarnos de la igualdad esencial de los dos sexos, sino también de que ese sacramento en realidad eleva esa igualdad a otra dimensión. La Carta a los Gálatas (Gal 3,27-28) nos enseña:
“En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.”
Pero evidentemente es la vivencia cristiana del matrimonio, gracias a su misma naturaleza, la que evidencia de forma más clara el reconocimiento y la vivencia cotidiana de esa igualdad.
En realidad, cualquier persona que reflexione cuidadosamente en este asunto puede llegar a la misma conclusión: la diferencia sexual no cambia para nada la naturaleza humana presente en los varones y en las mujeres. Lamentablemente, las consecuencias prácticas de las diferencias entre los sexos se han sobrepuesto a la reflexión seria, evitando que la igualdad esencial fuera comprendida cabalmente por muchas comunidades humanas. Las características sexuales y las diferentes funciones sociales vinculadas a ellas han sido el substrato sobre el que se ha construido esa injusta sujeción de las mujeres que aún perdura en algunas naciones, y que nunca debe ser admitida ni tolerada en el matrimonio. La imposibilidad femenina de participar normalmente en algunas actividades comunitarias a consecuencia del embarazo y la maternidad, por ejemplo, han llevado a muchas culturas a ver en la mujer a un ser débil, inferior. Es comprensible que hoy se atribuya tanta importancia a la defensa de la igualdad de la mujer y al reconocimiento universal de su dignidad humana. En años recientes se ha creado una gran variedad de entidades cuyo objetivo es defender a la mujer. En las Naciones Unidas y otros organismos, por ejemplo, se trabaja arduamente en pro de los así llamados “derechos de las mujeres”. En realidad, cuando se habla de “derechos de las mujeres” de lo que se habla es de la forma peculiar en la que las mujeres ejercen sus derechos humanos, que son en realidad universales e idénticos para ambos sexos por proceder de la naturaleza humana, no de la sexualidad. Varones y mujeres, por ejemplo, gozan del mismo derecho al trabajo, pero evidentemente la legislación laboral debe tomar en cuenta las condiciones de las mujeres durante el embarazo y la crianza, a las que los varones no están sujetos. Pero el derecho es el mismo. Los derechos existen como facultades innatas de la persona por el hecho de serlo, sin distinción de sexo.
En relación a esto, el obispo Charles Chaput, de la diócesis de Filadelfia, en un discurso a un grupo de hombres, expuso lo siguiente ( Publicada en “Into the Breach”, conferencia propiciada por la Diócesis de Phoenix, febrero 3, 2018): “Nosotros los varones tenemos una responsabilidad especial porque el Evangelio nos encarga la función de ser líderes. Ello no nos hace mejores, ni quita nada al genio femenino ni a la igualdad de varones y mujeres. Pero los seres humanos no son unidades iguales. No somos piezas intercambiables de la maquinaria social. La igualdad humana no se fundamenta en ninguna ideología política sino en la realidad de las diferencias y mutuas dependencias de los hombres y mujeres de carne y hueso”.
El reconocimiento por parte de ambos esposos de su igualdad esencial es el principio del respeto mutuo, de la posibilidad de ver en el otro a una persona digna de ser amada, a la que vale la pena entregarse totalmente. Y el respeto, a su vez, lleva al reconocimiento de la dignidad del otro. Actualmente, sin embargo, aunque casi todas las naciones exigen ese reconocimiento de la dignidad humana y lo establecen en sus leyes, ningún Estado nacional, ni ninguna asamblea legislativa ha sido capaz de definir exactamente desde una perspectiva puramente secular qué sea la dignidad, ni de poder explicar su procedencia, con la consecuencia inevitable de que la dignidad acaba frecuentemente por ser reducida a mero vocabulario político. ¿Cómo justificar de modo puramente científico la preeminencia ontológica del ser humano sobre el resto de la creación? ¿Cómo explicar convincentemente desde un ángulo puramente filosófico la igualdad de la naturaleza humana y el consecuente respeto mutuo de los dos sexos? Una definición estrictamente secular de la dignidad pierde su capacidad de justificar, y de consolidar, la mutua donación de los esposos y por ende no sirve para fundamentar eficazmente las leyes correspondientes. La dignidad humana tiene su origen en el acto mismo por el que Dios crea a la mujer y al varón a su imagen. Es precisamente a través de ese acto divino que el hombre es colocado en el centro del universo. Si la dignidad consiste en el reconocimiento otorgado por la sociedad a una persona en razón del puesto que esta ocupa en ella, entonces corresponde al hombre la máxima dignidad dentro de los seres creados. El ser humano es el centro del universo creado; su administrador. El libro del Génesis lo explica refiriendo el mandato divino al hombre (Gn 1,28):
“Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra”.
Y el libro de la Sabiduría (Sab 9,1-3) también describe la posición central del hombre en el universo creado, aunque sin olvidar que tal posición es subordinada a la de Dios Creador:
“Dios de los padres, Señor de la misericordia, que hiciste el universo con tu palabra y con tu sabiduría formaste al hombre para que dominase sobre sobre los seres por ti creados, administrase el mundo con santidad y justicia y juzgase con rectitud de espíritu, dame la Sabiduría, que se sienta junto a tu trono, y no me excluyas del número de tus hijos”.
Si la dignidad humana se ve reflejada maravillosamente en el ejercicio de la vocación a la que el ser humano es llamado por Dios para colaborar en el ordenamiento del mundo creado, de un modo todavía más esplendoroso se ve reflejada en el ejercicio de la vocación a transmitir la vida humana, la cual es claramente superior a toda otra forma de vida creada. La Biblia acentúa el papel de Eva en el desempeño de esta vocación. La forma original hebrea de la palabra que en español pronunciamos como “Eva” es "Hava" (pronunciando la “h” como en inglés) y significa "la que puede dar la vida", nombre que es traducido en muchas versiones del Génesis como "la madre de todos los vivientes". ¿Existe una responsabilidad mayor, un puesto más elevado, que el de transmitir la vida humana y de hacerse responsable de todo lo creado? ¿Y, sobre todo, puede esta responsabilidad ser delegada al hombre por alguien que no sea Dios? El salmo 8 expresa esto de manera hermosa:
“Oh Yahveh, Señor nuestro, ¡qué glorioso tu nombre por toda la tierra! Tú que exaltaste tu majestad sobre los cielos…
Al ver tu cielo, hechura de tus dedos, la luna y las estrellas que tú fijaste, ¿qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de él te cuides?
Apenas inferior a los ángeles le hiciste; lo coronaste de gloria y de esplendor.”
Varias traducciones de la Sagrada Escritura utilizan el vocablo “dignidad” en vez de “esplendor” al verter este salmo al español precisamente por significar este último concepto todo el ceremonial, la música y los demás despliegues de actividad popular que siguen a la presencia de una persona que ocupa un cargo de responsabilidad pública. Basta pensar en todo el revuelo que causa la presencia de un presidente, de un rey o del Papa en algún sitio. El esplendor del que habla el salmo es el que acompaña a quien se le reconoce una dignidad sobresaliente por ocupar el puesto que corresponde a quien ha sido elegido por Dios para ser su cercano colaborador.
No hace falta, por otra parte, explicar por qué esta responsabilidad, la de ser transmisor de la vida y administrador de la creación entera, no puede ser llevada a cabo si no es a través del desempeño colaborativo de hombres y mujeres. Esta mutua complementabilidad de los dos sexos, que no se reduce evidentemente a los órganos reproductivos; es evidente en todas las áreas de la vida humana. La encíclica “Mulieris dignitatem” (Mulieris dignitatm, 7), del Papa Juan Pablo II, afirma: “En la “unidad de los dos” el hombre y la mujer son llamados desde su origen no sólo a existir “uno al lado del otro”, o simplemente “juntos”, sino que son llamados también a existir recíprocamente, “el uno para el otro” ... El texto del Génesis 2,18-25 indica que el matrimonio es la dimensión primera y -en cierto sentido- fundamental, de esta llamada. Pero no es la única. Toda la historia del hombre sobre la tierra se realiza en el ámbito de esta llamada. Basándose en el principio del ser recíproco “para” el otro en la “comunión” interpersonal, se desarrolla en esta historia la integración en la humanidad misma, querida por Dios, de lo “masculino” y de lo “femenino”.
III,4. La diferencia sexual: instrumento de la salvación personal
Ser consciente de la propia femineidad, en el caso de las mujeres, y de la propia masculinidad, en el caso de los varones, así como de todas las diferencias físicas y psicológicas vinculadas con la sexualidad, y de las expectativas peculiares derivadas de tales diferencias, es estar consciente del rol que esta unidad maravillosa de corporeidad y espiritualidad desempeña en nuestra propia persona. Nuestra persona: nuestro cuerpo, nuestra alma y el espíritu divino que nos hace personas únicas y amadas individualmente por Dios- desempeñan ese rol en la totalidad de la vida. Para los cristianos, por su parte, el estar conscientes de esta realidad reviste una importancia grandísima.
Los creyentes en Cristo tienen como núcleo de su fe la resurrección de Jesucristo. Toda la fe cristiana gira en torno a ella. Son de todos conocidas las palabras de san Pablo en la I Carta a los Corintios (I Cor 15,13-14) :
“Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe.”
La resurrección consiste en que la persona entera -alma, cuerpo y espíritu- se reintegra a la vida después de un periodo de tiempo en el que esos elementos constituyentes estuvieron separados por la muerte. No conocemos ahora, dadas las circunstancias espacio-temporales en las que transcurre la vida humana, la forma como se llevará a cabo nuestra resurrección, pero gracias a los detalles aportados por las apariciones de Cristo resucitado, de una cosa estamos seguros: será la persona entera la que resucitará. Las mujeres resucitarán como las mujeres que son, con su nombre y apellido; los varones, como los varones que son, con su nombre y apellido. La sexualidad estará presente en nuestra vida después de la resurrección, aunque no tendrá la finalidad que la vincula con la vocación esponsal de quienes aún vivimos en la historia. Esto también es parte central de nuestra fe cristiana, y debe ser una motivación poderosa para vivir la sexualidad tal como Dios lo pensó “bereshit”, “al principio”.
Este cuerpo nuestro, configurado por nuestra sexualidad, es, además, un “templo de Dios”. ¿No es eso una maravilla? San Pablo fue de los primeros en descubrir esta realidad y su enseñanza demuestra que, para él, ayudarnos a no olvidarla constituía una necesidad urgente (I Cor 6,19):
“¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?”
Es claro que el Espíritu Santo no mora solamente en el cuerpo, como si sólo este último pudiera albergarlo. Es la persona total, varón o mujer, la que es el domicilio del Espíritu Santo, y es la persona total la que resucitará, como varón o mujer. Esta verdad, contemplada desde la perspectiva del matrimonio, implica que cada uno de los cónyuges, como parte de su vocación esponsal, está llamado a ayudar al otro a no perder nunca de vista el valor santo del propio cuerpo, de la propia sexualidad. La salvación final del cónyuge, y no solamente la mutua complementación y la procreación, es parte integral del objetivo de la donación mutua en el amor esponsal. El que ama no desea otra cosa que el bien para su amado, y ¿qué mayor bien existe que la felicidad absoluta gozando del rostro de Dios? Y la única manera de ayudar a que el cónyuge alcance esa meta es que sea amado con un amor verdaderamente esponsal; un amor que, en lenguaje cristiano, se puede definir como igual a aquel con el que Cristo nos amó y se entregó a la muerte por nosotros. El Señor ama a mi cónyuge tanto como me ama a mí. El Papa Francisco, en su exhortación apostólica “Gaudete et exultate” (Gaudete et exultate, 14) dice: “Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia”. Y en otra parte del mismo documento (Ibidem, 14) el Papa argentino trae a colación los matrimonios que han sido declarados santos y la forma como llegaron a la santidad: “Hay muchos matrimonios santos, donde cada uno fue un instrumento de Cristo para la santificación del cónyuge”. Veremos este punto con más detalle en un capítulo posterior.
El ejercicio de la castidad entre los esposos -virtud que también ocupará nuestra atención más adelante- es un factor importante en la realización de esta faceta de la vida matrimonial cristiana, en cuanto que ayuda a ambos esposos a tener siempre en mente cuál es la naturaleza y la finalidad de la sexualidad, y a que ésta pueda estar al servicio de del amor esponsal. El lecho nupcial, así, se convertirá en el altar donde ambos esposos se entregan totalmente, como se entregó en la Cruz el Señor Jesús a su esposa, la Iglesia, y estarán realizando en él el amor que salva. Evidentemente, la sexualidad únicamente podrá ser ejercitada dentro de los límites de la historia humana. Pero la posibilidad de cada uno de los esposos de llegar al cielo necesariamente estará vinculada a la calidad del amor que ambos se entreguen mutuamente en el curso de su historia matrimonial. Y siendo el amor esponsal una respuesta personal a una vocación al amor, también sus manifestaciones, así como la calidad y la finalidad de las mismas, serán propias y exclusivas de cada cónyuge, y están necesariamente revestidas de su sexualidad.
III, 5. La vulnerabilidad esponsal.
Lo dicho hasta aquí en el presente capítulo nos hace caer en la cuenta de algo importante. El amor recíproco de un varón y una mujer en el matrimonio tiene un efecto inmediato, cuya intensidad, sin embargo, se percibe mejor al paso de los años. Se trata de una aparente contradicción: con el tiempo, el “yo” de cada esposo parece desaparecer en el “tú” del cónyuge, dando lugar al “nosotros”. Lo cual no significa la desaparición o aniquilamiento de la personalidad individual de cada uno de ellos, sino más bien una categoría especial de conversión. Tanto el esposo como la esposa serán, simultáneamente, señor o señora y servidor o servidora. O sea, serán, por un lado, señor o señora, dueño o dueña de la donación del otro y, por otro, servidor o servidora que se dona incondicional y totalmente al otro. Amar a alguien es hacerse vulnerable. Es ponerse uno mismo en manos del otro. No sólo porque el otro puede terminar tomándome como un simple objeto, sino porque yo también puedo hacer lo mismo con el otro. Es evidente que en la cotidianeidad de la vida de la pareja, en los quehaceres de la familia, en el trajín de la vida laboral y social en la que deben desarrollarse, tal duplicidad interna de roles -señor y servidor- conduce a una permanente tensión que no queda totalmente resuelta con la simple decisión fundamental expresada durante la celebración del rito matrimonial “Yo, Fulano/a, te recibo a ti, Mengano/a, y prometo serte fiel… etc.”. Todo lo contrario. El pecado de soberbia del que se habló en un capítulo anterior lleva a cada cónyuge a querer, así sea inconscientemente, quebrar esa tensión a base de buscar convertirse en señor y emanciparse de la parte de servidumbre, con lo que la unidad matrimonial queda extremadamente vulnerable. Machismo, celos, incapacidad de perdón, abuso mutuo, y otras cosas parecidas pueden entrampar la integralidad del matrimonio. El nuevo y único cuerpo al que nadie debe desunir encara un gran riesgo.
A esto sólo se le conoce una solución: la renovación continua y permanente de la decisión fundamental; la decisión primordial de amar al cónyuge en una entrega total y exclusiva a él.
Cada segundo de la vida matrimonial es el momento adecuado y necesario de repetir las mismas palabras que se dijeron al celebrar las nupcias, de modo que la vulnerabilidad provocada por la tensión no degenere en enfermedad y muerte del amor. Cada palabra de amor pronunciada entre los esposos, cada caricia, cada perdón, cada silencio, cada sacrificio hecho en bien del otro es una reiteración de la elección original. Amar es elegir y amar continuamente es elegir continuamente. Consecuentemente, amar también es excluir continuamente a otros posibles objetos de amor. En el caso de los esposos cristianos, además, esa reiteración de la decisión original será cada vez más potente en la medida en que se manifieste del mismo modo como se manifestó la primera vez: delante de Dios y de la Iglesia. No hace falta, claro, repetir la ceremonia litúrgica dentro del templo, ni contar con la presencia de un testigo oficial de la Iglesia. Basta hacerlo en el silencio del corazón y, quizás, a veces, acompañado de dolor y lágrimas. Dios está allí también.
El sacramento del matrimonio no es algo que se “recibe” una vez solamente, durante la misa nupcial, sino más bien una realidad que necesita ser constantemente actualizada a través de cada acto de elección o mejor, de reelección mutua de los esposos. Los cónyuges, quienes son los verdaderos ministros de este sacramento, lo actualizan cada vez que en la vida cotidiana, y a través de gestos y palabras de aceptación mutua y donación de sí mismos al otro, expresan, movidos por la misma fe que los movió a hacerlo el día de su boda, la decisión expresada oralmente entonces. Y la presencia de Dios en su vida diaria se realiza del mismo modo como se dio en la ceremonia litúrgica gracias al sacramento.
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