Capítulo IV.
Pero de los frutos de este árbol no comeréis
IV, 1. El árbol central del paraíso: subjetividad del hombre y alianza con Dios.
Unos de los versículos más famosos y debatidos de la Biblia son algunos de los que se citaron en el capítulo anterior, sacados del segundo capítulo del Génesis. Se trata de los versículos 15 a 17, en los que se narra la orden dada por Dios al hombre referente a cierto árbol particular que se encontraba en el paraíso.
“Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en al jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase. Y Dios impuso al hombre este mandamiento: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio.”
Previamente el Creador había dado al hombre posesión de todo lo que había en el Jardín del Edén. ¿Por qué, entonces, le limita el acceso a ese árbol en particular? Vimos en un capítulo anterior cómo el maligno, la serpiente, había utilizado esta orden divina, interpretándola mendazmente, para engañar a Eva e inducirla a desobedecerla. Y quizás en alguna ocasión, al releer este pasaje de la Biblia, nosotros mismos nos hayamos sentido inseguros de lo que Dios quería decir cuando le dio a ese árbol un nombre aparentemente tan extraño. El nombre de “Árbol de la ciencia del bien y del mal” nos trae ecos de algo propio del esoterismo, aunque una lectura reflexiva del contexto nos ayuda a ver que no tiene relación alguna con este último. E indudablemente se trata de un tema que merece nuestra atención. Por ello, en el presente capítulo nos detendremos en otro aspecto importante del texto bíblico que gira en torno al ser al que Dios acaba de crear a su imagen y semejanza.
Ya hablamos de la vocación esponsal del hombre y la mujer; de la tendencia natural experimentada por todo ser humano a unirse con una persona del otro sexo en el amor y con el fin de engendrar nueva vida. Es precisamente en el ejercicio de esta vocación a salir de uno mismo para donarse totalmente a otra persona con objeto de aliviar la propia soledad existencial y en la colaboración con el plan de Dios siendo fecundos y poblando la Tierra, que el hombre reconoce en su propia persona la imagen de Dios. La condición establecida por Dios para asegurar la permanencia del hombre en el paraíso -no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal- que era, en otras palabras, el plan original al momento de la creación, abre otra dimensión a la vocación original del hombre: la de mantener su relación primaria con Dios. La naturaleza del ser humano no sólo lo mueve a amar a una persona del otro sexo. También lo mueve a permanecer unido a Dios en una alianza de amor. Dios crea al hombre en un acto libre de su voluntad, por puro amor. El hombre, por su parte, para responder adecuadamente a ese acto divino, debe empezar por libremente aceptar el don de la existencia que Dios le otorga, al modo como Dios se la otorga. Esto equivale, en el hombre, a reconocer su realidad profunda de ser una creatura dependiente de su creador. Esta decisión humana se concretiza formalmente cuando la persona libremente elige ser obediente a la voluntad de Dios. Esto constituye la alianza primigenia entre Dios y la persona humana. Y la descripción de la forma cómo dicha alianza se realizó y cómo se fue cumpliendo por parte de Dios y de la creatura humana a través de la historia es uno de los mensajes centrales de la Biblia. En el Antiguo Testamento ese mensaje se traduce en los diferentes eventos que llevan a la ratificación de esa alianza por parte del pueblo israelita. Y tal como sucedió en la alianza primordial, Dios siempre ha demostrado ser quien se mantiene fiel a ella, mientras que el pueblo elegido siempre hubo de terminar reconociendo su infidelidad. La elección de Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, y del resto de los personajes bíblicos anteriores a la presencia terrenal del Hijo de Dios, así como los mensajes recibidos por ellos de boca de Dios o por labios de los profetas, son una reiteración continua de la invitación divina a permanecer fieles a una alianza cuyas cláusulas son muy simples: Dios, como signo de su voluntad salvadora hacia el hombre, elige a un pueblo al que mantendrá con vida y hará poseedor de una tierra. El pueblo, en contrapartida, debe reconocer a Yahvé como único Dios y vivir de acuerdo a su voluntad. El Deuteronomio ( Dt 6,4) resume en una breve plegaria, universalmente conocida como “Shema” -que hasta hoy es recitada diariamente por los judíos practicantes- la razón básica de la aceptación de esa alianza.
“Shemá Israel, Adonai Elohenu, Adonai Ejad”
“Escucha, Israel, el Señor es Dios, el Señor es uno”.
Aunque esa plegaria encierra el núcleo de lo que rige la actitud de quien acepta hacer alianza con Dios, o sea, el reconocimiento de la unicidad y divinidad del Señor y la dependencia existencial de la creatura, si leemos los primeros seis versículos de ese capítulo del Deuteronomio, podremos conocer el contenido básico de lo que ambas partes de la alianza se comprometen a hacer:
“Estos son los preceptos, las normas y los mandamientos que Yahvé, Dios de ustedes, me mandó, para que yo se los enseñe y ustedes los cumplan en la tierra que va a ser de ustedes. Temerás a Yahvé, tu Dios, y guardarás todos los días de tu vida sus mandamientos y sus normas que te enseño hoy. Que los guarden tus hijos y los hijos de tus hijos, para que vivan largos años. Escucha, pues, Israel, y cuida de poner en práctica lo que ha de traerte felicidad y prosperidad en esta tierra que mana leche y miel, como lo prometió Yahvé, Dios de tus padres. Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Y tú amarás a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.”
La alianza entre el hombre y Dios alcanza su más perfecta expresión en Jesucristo, claro. La primera ruptura de la alianza se debió a la desobediencia de Adán. Las subsecuentes reiteraciones de la alianza en el Antiguo Testamento siempre terminaron por ser violadas por la infidelidad y desobediencia del pueblo escogido. La restauración total de la alianza se concretiza en la obediencia absoluta de Cristo, verdadero hombre, a su Padre.
El hombre, puesto ante la orden concreta de Dios de mantenerse alejado de ese árbol, se hace consciente de su subjetividad. Adán y Eva, de pie frente al árbol de la ciencia del bien y del mal experimentaron cada uno su soledad como personas. Él y ella son conscientes, individualmente, al interno de sí mismos, de que son el sujeto agente de sus decisiones. La decisión de Eva de aceptar la invitación del Maligno la tomó ella, del mismo modo como Adán tomó la decisión de aceptar el fruto de manos de su mujer. Ambas decisiones relacionaron sus personas individuales con otra creatura y con Dios. Cada decisión humana se orienta en dos direcciones: hacia otro ser humano y hacia Dios. En el caso del matrimonio, la persona deberá orientarse simultáneamente hacia los dos objetos a los que su naturaleza lo vincula: a otra creatura humana, de distinto sexo, para unirse a ella esponsalmente, y a Dios, para mantener su alianza con Él como creatura y poder así vivir la vida tal como Él la había planeado al principio. La alianza del hombre con Dios es algo que debe ser aceptado y confirmadof en forma individual en cada acto libre de cada persona. Y la decisión personal de ser fiel a la voluntad divina incluye necesariamente la decisión de salir de uno mismo para donarse al otro del modo como Dios lo decidió. Esto es importante porque subraya una de las características de la alianza descritas en la Biblia: la alianza no es un mero contrato; es algo distinto y superior. El contrato únicamente indica las condiciones de un intercambio de bienes o servicios entre dos sujetos. La alianza a la que Dios invita al hombre, figurada en el Antiguo Testamento por la alianza divina con el Pueblo de Israel, y luego por la celebrada entre Dios y los cristianos, es una decisión de amor recíproco, de fidelidad. Esta alianza es un punto de suma importancia y sirve para poner de relieve también la alianza entre Cristo y la Iglesia, recordada por san Pablo al ponerla como imagen perfecta del matrimonio. La Biblia lo subraya, como vimos párrafos arriba, reiterando frecuentemente la exigencia hecha por Dios a su pueblo, Israel, a ser fieles a la Alianza.
San Juan Pablo II explica esta realidad en una de sus catequesis (29 octubre 1979): “Comenzamos a analizar el significado de la soledad originaria del hombre. La Palabra de Dios nos ha llevado a conclusiones sorprendentes que miran a la antropología, esto es, a la ciencia fundamental acerca del hombre...
Cuando Dios-Yahvé da a este primer hombre, así formado, el dominio en relación con todos los árboles que crecen en el «jardín del Edén», sobre todo en relación con el de la ciencia del bien y del mal, a los rasgos del hombre, antes descritos, se añade el de la opción o de la autodeterminación, es decir, de la libre voluntad. De este modo, la imagen del hombre, como persona dotada de una subjetividad propia, aparece ante nosotros como acabada en su primer esbozo.
En el concepto de soledad originaria se incluye tanto la autoconciencia, como la autodeterminación. El hecho de que el hombre esté «solo» encierra en sí esta estructura ontológica y, al mismo tiempo, es un índice de auténtica comprensión... Sin el significado tan profundo de la soledad originaria del hombre no puede entenderse e interpretarse correctamente toda la situación del hombre creado a «imagen de Dios», que es la situación de la primera, mejor aún, de la primitiva Alianza con Dios”.
IV,2. Alianza de amor
Esta primera alianza entre Dios y su creatura se convertirá en el núcleo de la relación entre Dios y su pueblo, Israel, en el Antiguo Testamento y siempre contendrá la disyuntiva entre la obediencia y la desobediencia, entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte. El siguiente extracto del libro del Levítico (Lev 26,3-39) puede servirnos de ejemplo de esto:
“Si camináis según mis preceptos y guardáis mis mandamientos, poniéndolos en práctica, os enviaré las lluvias a su tiempo, para que la tierra dé sus frutos y el árbol del campo su fruto. El tiempo de trilla alcanzará hasta la vendimia, y la vendimia hasta la siembra; comeréis vuestro pan hasta saciaros y habitaréis seguros en vuestra tierra. El tiempo de trilla alcanzará hasta la vendimia, y la vendimia hasta la siembra; comeréis vuestro pan hasta saciaros y habitaréis seguros en vuestra tierra. Yo daré paz a la tierra y dormiréis sin que nadie os turbe; haré desaparecer del país las bestias feroces, y la espada no pasará por vuestra tierra… Yo me volveré hacia vosotros. Yo os haré fecundos, os multiplicaré y mantendré mi alianza con vosotros… Pero si no me escucháis y no cumplís todos estos mandamientos; si despreciáis mis preceptos y rechazáis mis normas, no haciendo caso de todos mis mandamientos y rompiendo mi alianza… Pereceréis entre las naciones, y os devorará el país de vuestros enemigos.”
Los renglones iniciales de la “Didaché” (Didaché 1,1-2) , el primer documento escrito con fines catequéticos en la historia del cristianismo, también hacen referencia a esta disyuntiva. Cada persona deberá hacer su elección entre las dos opciones, como la hicieron, equivocadamente, engañados por el demonio, el varón y la mujer en el paraíso frente al árbol prohibido: “Existen dos caminos, entre los cuales hay gran diferencia: el que conduce a la vida y el que lleva a la muerte. He aquí el camino de la vida: en primer lugar, amarás a Dios que te ha creado. Y en segundo lugar, amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
La obediencia que exige Dios al establecer su alianza con el hombre, si ha de ser un auténtico acto libre de parte de este último, sólo podrá nacer del amor. Del mismo modo que el amor de Dios fue lo que lo motivó a crear al ser humano. ¿Qué otra motivación podría tener Dios, ser-existencia, perfecto y absoluto, en el que no hay cambio posible ni necesita de nada? Uno de los mensajes centrales de Jesús en el Evangelio es la paternidad de Dios, para que quede en claro que la única motivación de Dios es su amor por nosotros.
“Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito”,
dice san Juan en su evangelio (Jn 3, 16). O sea, más que una prohibición es una advertencia la que hace Dios a Adán al ordenarle que no coma del árbol, tal como haría un padre a su hijo pequeño que quisiera jugar con la lumbre: “Si te acercas a la estufa te vas a quemar”. La respuesta humana a ese acto de amor divino debe ser también un acto de amor, que se manifiesta en la obediencia al Padre Dios, quien sabe mejor lo que le conviene a su creatura.
El amor, en sí mismo, es el acto libre por antonomasia. Amar es elegir. Elegir obedecer a Dios significa amar a Dios. Eso es lo que enseña san Juan (I Jn 5,3), en su primera carta:
“Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos.”
Los actos de obediencia a Dios y de donación de uno mismo al prójimo son actos de amor; son actos libres de la persona humana. Pero -ay- también es un acto libre y personal, aunque desviado y por lo mismo pernicioso para quien que lo realiza, el escoger deliberadamente algo contrario a la voluntad de Dios. Al hacerlo manifestamos que el amor a Dios no es lo primero en nuestra vida. De nada sirve pretender que nuestros actos de desobediencia a Dios -los pecados- tienen su origen fuera de nosotros, en la voluntad de los demás. Eso fue lo que intentaron hacer Adán y Eva delante de Dios, cuando les preguntó por qué habían comido de la fruta prohibida. Recordemos lo que nos cuenta el Génesis (Gn 3,12-13) sobre este particular:
“Dijo el hombre: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí… Dijo, pues, Yahveh Dios a la mujer: ”¿Por qué lo has hecho?” Y contestó la mujer: «La serpiente me sedujo, y comí.”
Adán culpa a Eva y ésta a la serpiente. A pesar, no obstante, de su intento por exculparse, tanto el hombre y la mujer saben que deben reconocerse a sí mismos como los sujetos agentes de sus propias acciones. Ambos eligieron libremente violar la alianza de amor que Dios había iniciado en ellos al crearlos, y el resultado fue que, tal como Dios les había advertido, perdieron el derecho a la vida de la que habían disfrutado hasta entonces; a partir de ese momento se vieron necesitados de elegir entre el bien y el mal en un contexto en el que ya no tenía influencia positiva la inocencia original -cuando andaban desnudos sin avergonzarse-, ni la amistad con Dios -cuando platicaban cotidianamente con Él en el paraíso-. Expulsados de este lugar (Gn 3, 16-24), su soledad, lejos de aliviarse, se incrementó. La primera señal de que las cosas habían cambiado entre Adán y Eva, y entre ellos dos y Dios, es la vergüenza que experimentan ambos al ver sus cuerpos desnudos. Antes de la desobediencia, antes de la ruptura de la alianza con Dios, ellos nunca habían experimentado nada extraño al verse desnudos frente a frente. ¿Qué efecto tuvo sobre ellos el comer el fruto prohibido que los hizo darse cuenta de su desnudez? Juan Pablo II lo explica (Catequesis del 28 de mayo de 1980): "Es la vergüenza que se produce en la humanidad misma, causada por el desorden íntimo en aquello por lo que el hombre, en el misterio de la creación, era la «imagen de Dios», tanto en su «yo» personal, como en la relación interpersonal, a través de la primordial comunión de las personas, constituida a la vez por el hombre y por la mujer". La naturaleza humana, creada "bereshit" por Dios a su imagen y semejanza, estaba destinada a "ser para el otro", de tal modo que varón y mujer mutuamente se veían como objetos de amor, pero como consecuencia de su desobediencia, motivada por su deseo de ser iguales a Dios, terminaron viéndose uno al otro como objetos de deseo y utilizándose egoístamente para satisfacer sus impulsos sexuales. La experiencia que hasta entonces habían tenido de saberse amados se transformó en experiencia de saberse usados, de forma sexual básicamente. Antes del pecado la relación sexual era motivada por el amor, por el deseo del bien del otro. El bien deseado en la relación conyugal consistía en la satisfacción del amado. El pecado hizo que el bien de la relación sexual consistiera en el placer que se experimenta en ella. De ahí que la primera reacción de Adán y Eva fue cubrir sus partes íntimas. Ni él ni ella quería ser visto como mero objeto por el otro. Es la vergüenza provocada por haber perdido de vista el significado propio del cuerpo en la totalidad de la propia persona. El cuerpo empezó a querer imponerse al espíritu, como si la persona no fuera precisamente la unidad de ambos. San Pablo, más tarde, expresará el efecto de ese conflicto en aquella conocida frase de la Carta a los Romanos (Rom 7,2):
"Me deleito en la ley de Dios según el hombre interior, pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente"
La disociación de cuerpo y espiritu en la persona no puede llevar, evidentemente, sino a la confusión moral respecto al valor de la propia realidad como persona y, consecuentemente, también respecto al valor de las demás personas, sobre todo cuando se trata de alguien de distinto sexo. El resultado de esa separación forzada de lo corporal, lo sensitivo y lo espiritual fue que la relación entre los dos sexos devino en una confrontación -varones vs. mujeres; hombre vs. Dios- con las consecuencias que todos conocemos. El Papa Wojtyla, en la catequesis arriba mencionada, nos detalla esa consecuencia: la aparición de la concupiscencia. Y añade una aclaración y una advertencia: "Para la psicología, el deseo proviene de la falta o de la necesidad de satisfacer el valor deseado. La concupiscencia bíblica, como deducimos de I Jn 2, 16, indica el estado del espíritu humano alejado de la sencillez originaria y de la plenitud de los valores, que el hombre y el mundo poseen «en las dimensiones de Dios». Precisamente esta sencillez y plenitud del valor del cuerpo humano en la primera experiencia de su masculinidad-feminidad, de la que habla el Génesis 2, 23-25, ha sufrido sucesivamente, «en las dimensiones del mundo», una transformación radical."
Luego de la desobediencia a Dios, no únicamente cambió la perspectiva de los seres humanos respecto a la sexualidad. Para el varón la mujer ya no era “hueso de sus huesos y carne de su carne”, merecedora adecuada de su amor. También cambió la forma en que el hombre vio su papel como colaborador en el gobierno del mundo y como generador de nueva vida humana. El hombre perdió de vista el sentido de su propia existencia. La faena diaria en busca del sustento se transformó para el varón en causa de sufrimiento, al igual que el dar a luz para la mujer; la muerte y todo lo relacionado con ella se convirtió en el enemigo número uno de la humanidad. El miedo a morir empezó a guiar la mayor parte de las acciones humanas. ¿Cómo evadir la muerte o recuperar la vida? Lamentablemente, varones y mujeres por igual, no pudiendo restablecer la amistad con Dios por sus propias fuerzas y por méritos propios, en vez de intentar la reconciliación por medio de la obediencia al Creador, decidieron hacerse sus propios dioses. Querían Adán y Eva, y sus descendientes, que estos dioses, ídolos de piedra o madera, u otros seres humanos, tan débiles como ellos mismos, los liberaran de la muerte, pero lo único que lograban era sumergirlos más en la frustración. Cada persona, al no encontrar en los demás seres creados un dios que lo tratara como la trataba Dios en el Paraíso, terminó por convertirse en su propio dios. Usar al prójimo en provecho propio se convirtió en un escape a esta frustración que debería ser solucionada por el amor. ¿No es el egoísmo, el abuso de los demás, una forma de evitar que los demás nos maten, nos hagan víctimas de su propia frustración?
IV,3. La fidelidad a la alianza: Único camino para el éxito matrimonial.
No obstante lo anterior, esta nueva realidad -la vida fuera del Paraíso- no cambió la naturaleza original del ser humano, ni trastocó su vocación esponsal, ni la de ser “colaborador de Dios” en el gobierno del mundo creado. El hombre se enfrenta así a una incongruencia existencial: la de ser por naturaleza imagen de Dios, pero incapaz de vivir como corresponde a esa imagen. La disociación entre el fin que Dios había establecido para la naturaleza humana y el fin que la persona humana decide establecer para sí misma arroja al ser humano a un circulo vicioso. Quiere vivir en el paraíso, pero no acepta someterse a las condiciones que Dios le ha fijado para ello. Esta dislocación provoca en el hombre una tensión enorme, como lo expresa angustiado san Pablo: (Rom 7,19)
“No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero” .
Todo mundo vive esa tensión en su vida, pero los esposos la viven de un modo peculiar en la vida diaria, dada su permanente cercanía el uno del otro. Las crisis financieras, el desempleo, la enfermedad, la infidelidad conyugal y mil problemas más van marcando para los esposos un camino que a veces les parece un penosísimo via crucis, en contraste con el periodo del noviazgo, durante el cual el matrimonio era a sus ojos el único conducto al paraíso. Quisieran amarse siempre como cuando eran novios, y del modo como Dios espera de ellos, pero la realidad termina enfrentándolos y forzándolos a resolver conflictos que tienden a separarlos. El amor esponsal, lejos de ser una aventura romántica y dulce, se torna con el tiempo en una experiencia amargamente dolorosa producida por esa tensión, de la cual no podrán liberarse los esposos más que sometiéndose a la voluntad de Dios en la donación generosa de uno hacia el otro, a semejanza de Cristo quien, como dice Pablo en la Carta a los Efesios (Ef 5,28), se entregó a sí mismo por amor a su esposa, la Iglesia. En esa donación los esposos expresan su fidelidad a la alianza celebrada por ellos en el matrimonio, y a la vez también son fieles a la alianza que cada uno de ellos celebró con Dios el día en que fueron creados y, en el caso de los cristianos, también en el día en que por el bautismo esa alianza los vinculó con Cristo resucitado, introduciéndolos en una vida nueva.
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