Capítulo VI.

Esposos y padres: La vocación primordial del ser humano.


VI,1. ¿Vocación Primordial? 

    Los versículos 26 a 28 del primer capítulo del Génesis inevitablemente nos llevan a la conclusión de que Dios tuvo dos razones, identicas en importancia, para crear al ser humano como varón y mujer. La primera: hacer visible el amor como caracteristica distintiva de la creatura humana y posibilitar la propagación de la especie humana y, la segunda: hacer al hombre partícipe de la tarea de gobernar el mundo. El texto de esos versículos dice: 


“Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó. Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.”


    Desde esa perspectiva, tanto la vocación esponsal como la vocación a ser “partners” de Dios, colaboradores del Creador en el gobierno del universo, estarían empatadas en el lugar número uno de la finalidad del diseño original de la naturaleza humana. Y hay muchas razones para pensar que es así. Por una parte, en la primera parte del pasaje en cuestión, el texto específicamente transcribe la mención que hace Dios del papel que el hombre debe desempeñar respecto a los demás seres del mundo. Dicha mención obviamente puede ser interpretada como la descripción de la finalidad de la creación del hombre. Esta finalidad, además, la reitera Dios en la parte final del texto, inmediatamente después de crear al ser humano a su imagen. La Iglesia siempre ha reconocido esta función de gobierno, desarrollo, y cultivo del universo como parte del significado de la existencia humana. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 306, 307), enseña lo siguiente: “Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las creaturas. Esto no es un signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus creaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio… Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia confiándoles la responsabilidad de "someter'' la tierra y dominarla. Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos… Entonces llegan a ser plenamente "colaboradores [...] de Dios" y de su Reino”. 


     Los últimos papas, siguiendo la línea trazada por el Concilio Vaticano II, han incluso subrayado en sus enseñanzas la trascendencia del papel del hombre en el desarrollo sustentable del mundo, y destacan el valor moral del desempeño de tal papel. Basta releer la encíclica “Laudato sí”, del Papa Francisco. La misma configuración de la naturaleza humana, con su componente racional: inteligencia, libertad y creatividad, orienta al hombre a conocer y expresar científicamente las leyes que gobiernan la física, la química y la biología para utilizarlas adecuadamente y poder construir siempre mejores condiciones de vida. El campo de la ciencia y la tecnología, de la agricultura, la minería, la geología, la zoología, las matemáticas, la economía y las demás ciencias y artes, así como la cultura, la educación, la jurisprudencia, etc., tienen esa misión, cuya importancia es imposible desconocer. La religión juega igualmente un papel insoslayable en el quehacer humano dándole sentido a éste, y explicando el origen de su dignidad. El Concilio Vaticano II, hablando del papel de la Iglesia en la construcción del Bien Común, enseña (Gaudium et spes, 40): “La Iglesia, persiguiendo la finalidad salvífica que es propia de ella, no sólo comunica al hombre la participación en la vida divina, sino que también difunde, de alguna manera, sobre el mundo entero la luz que irradia esta vida divina, principalmente sanando y elevando la dignidad de la persona humana, afianzando la cohesión de la sociedad y procurando a la actividad cotidiana del hombre un sentido más profundo, al impregnarla de una significación más elevada. Así la Iglesia, por cada uno de sus miembros y por toda su comunidad, cree poder contribuir ampliamente a humanizar cada vez más la familia humana y toda su historia”. 


   No es poco el servicio que se hace a la humanidad al iluminarla respecto al auténtico sentido del trabajo, por ejemplo, o respecto a la relación entre la naturaleza y el fin del hombre y las relaciones laborales, la riqueza, la política y la cultura, la empresa y su orientación social. El mismo documento conciliar explica cuál es ese sentido de la actividad humana y de todas las cosas creadas: “El Señor es el término de la historia humana, el punto hacia el cual convergen los deseos de la historia y de la civilización, el centro del género humano, el gozo de todos los corazones y la plena satisfacción de todos sus deseos... Vivificados y congregados en su Espíritu, peregrinamos hacia la consumación de la historia humana, que corresponde plenamente a su designio de amor: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra. El mismo Señor ha dicho (Ap 22, 12-13):


 “Mira, llego en seguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno su propio trabajo. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin”. 


   Esa tarea social de la Iglesia la realizan hombres y mujeres, dotados para ello por Dios desde su creación con una “impronta de su imagen” y respondiendo a esa vocación a ser sus colaboradores en el gobierno del mundo. Es imposible no reconocer la trascendencia de dicha función humana.  No obstante, tampoco es posible no reconocer la trascendencia de la función esponsal del ser humano, la que también forma parte integral de su “kit” existencial como imágenes de Dios.


   Esto nos lleva a plantearnos un interrogante: ¿Qué es primero en la vocación humana original: desempeñar un papel activo y positivo en la construcción de un mundo más habitable y justo o ser esposo y padre? Esta pregunta podría resultar inane si no fuera porque, en las condiciones actuales del mundo, sobre todo por las condiciones económicas y culturales prevalentes, hay ciertas corrientes de pensamiento que presentan el matrimonio, la paternidad y la familia como instituciones o entidades que estorban el progreso económico y material de la humanidad. Se intenta relegar el matrimonio y la familia a un plano inferior respecto al bienestar económico. Los proyectos personales de hombres y mujeres respecto a su desarrollo académico y profesional están siendo proclamados como prioritarios con respecto al llamado natural a ser esposos y padres. Se han llegado a acuñar expresiones como “motherhood penalty” –“el castigo de la maternidad”- para describir lo que se ve como una amenaza a la libertad de las mujeres de realizar plenamente sus proyectos personales. Multitud de mujeres, quizás bajo el influjo de esa ideología, se ven en la disyuntiva de elegir entre ser esposas y madres o ser ejecutivas de alto nivel, científicas, médicas, ingenieras o ejercer cualquier otra profesión. Se habla mucho de los “derechos de la mujer” -como si la naturaleza humana, de la que proceden los derechos humanos, sufriera variaciones según el sexo- entre los cuales enlistan sus promotores el de liberarse de la familia para dedicarse a proseguir proyectos profesionales tal como hacen los varones. Ser “mujer de carrera” parece ser una etiqueta de mayor peso y reconocimiento social, y de prestancia legal, que la etiqueta de “madre”.  


      Otras mujeres, aún sin adherirse plenamente a esa ideología, experimentan una fuerte inclinación a utilizar, en bien propio y de la comunidad en la que viven,  ciertas habilidades y capacidades, distintas a las que su sexualidad les provee para el matrimonio y la maternidad. Estas mujeres sienten atractivo profesional hacia el arte, la docencia, la ciencia, la tecnología y otras ramas semejantes. Pero, a la par, experimentan el atractivo, igualmente poderoso, de ser madres. Aspiran a ser buenas madres y buenas profesionales, pero son conscientes de los peligros que el desempeño de sus tareas en el terreno laboral puede acarrear para la relación personal con sus cónyuges y con sus hijos. La libertad que tan entusiastamente han estado profetizando las promotoras de la liberación femenina y del ingreso de la mujer a la vida laboral no deja de tener sus sombras. El incremento en el número de mujeres que optan por “liberarse” del yugo matrimonial y de las obligaciones maternales ha ocasionado una disminución significativa en el número de matrimonios, lo cual tiene efectos sociales que no pueden pasar desapercibidos. Los varones, por su lado, no han asimilado del todo esta tendencia femenina a emigrar hacia el trabajo profesional. Hay problemas de ajustes de salarios y de resentimiento por la presencia de las damas en ciertas áreas de trabajo consideradas típicamente masculinas. Y aun cuando la mujer logre llevar con cierto grado de armonía su vida profesional a la par de la conyugal y maternal, no faltan las amenazas que tal situación crea para el matrimonio: desajustes afectivos cuando la esposa llega a recibir mayor salario que el esposo, horarios laborales incompatibles con la necesidad de que los esposos estén juntos y al lado de los hijos, viajes de trabajo que ponen en riesgo la fidelidad, etc. Por otro lado, esas mujeres que quisieran -o necesitaran- probar fortuna en la vida profesional obedeciendo simultáneamente a su instinto femenino a la maternidad, no son ciegas a las exigencias biológicas de esta última. Saben que el embarazo, los meses de lactancia y cuidado de los hijos pequeños requieren una atención casi indivisible y una reducción de horas en sus tareas profesionales. Todo lo anterior les hace plantearse necesariamente la pregunta de qué es más importante en sus vidas. Parecería que ambas vocaciones son antitéticas, o por lo menos físicamente incompatibles. ¿Cuál de ellas tiene la prioridad? 


VI, 2. Una posible respuesta

      Quizás, sin pretender con ello resolver la cuestión de modo definitivo, convendrá entonces poner atención a algunos puntos que nos podrán ayudar a acercarnos a una respuesta. 


     Por un lado, es evidente en algunos textos bíblicos que Dios pone al ser humano en el centro y en la cumbre de la creación. En otras palabras, Dios crea el universo con todo lo que éste encierra para sustentar al hombre y permitirle desarrollarse como persona individual -cuya plenitud es el amor- a través del uso de las capacidades con las que lo dotó según su imagen. Vimos tambien cómo, en la segunda narración de la creación, Dios parece posponer la creación de los demás seres hasta haber creado al ser humano. Y el Creador  (Gn 1,29) le explica de modo muy claro al hombre que las demás criaturas están a su disposición para que se sirva de ellas en la preservación de la vida, o sea en garantizar la realización de todas las acciones que lo conduzcan a lograr su finalidad:


 “Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre el haz de la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla; para vosotros servirá de alimento.” 


  El hombre y la vida humana son, en resumen, el motivo final de la creación en cuanto que es el hombre el único ser al que Dios crea a su imagen, o sea, de tal modo que el hombre sea capaz de reciprocar su amor, reconocerlo a Él como señor y darle a Él la gloria y la alabanza que se merece. Esa imagen, en concreto, son el varón y la mujer, dotados de un cuerpo que por incluir la sexualidad los dirige al amor en la donación esponsal y en la generación de nueva vida. Podemos concluir que es para sustentar la existencia de este ser único en la creación, cuya enorme dignidad, casi igual a la de los ángeles, sólo se puede explicar como un gesto divino de amor -como dice el salmo 8-, que Dios da la existencia al resto de los seres materiales. La tarea administrativa del conjunto de estas otras creaturas por parte del ser humano tiene la misma finalidad que la existencia del resto de la creación: sustentar la vida humana y garantizar la posibilidad de lograr su fin en el amor. 


   En este contexto creo que no sería exagerado decir que la vocación primordial de hombres y mujeres, al menos en el orden ontológico, es la de ser esposos y padres. Para eso plasmó Dios su imagen en nosotros en la forma de varón y hembra. No tendría sentido ser administrador de la creación si la humanidad no tuviera posibilidad de perpetuarse amorosamente para gozar de ella.


VI,3.  Si la vida humana es lo primero…

     Los varones siempre serán varones y las mujeres, mujeres. Eso no lo puede cambiar nadie. Consecuentemente la posibilidad de que ambos realicen su vocación primordial al matrimonio y a la paternidad sin descuidar la vocación al gobierno del mundo quedará garantizada en la medida en que, a través del recto desempeño de esta última, se asegure también el recto desempeño de la primera vocación. El Bien Común, tal como lo define la sociología católica y lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 1906) es “el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección”. Las instituciones -civiles y gubernamentales- y las leyes, la cultura, la educación, las finanzas, las diferentes modalidades de infraestructura, y todo lo que conforma el hábitat humano, únicamente se entienden cabalmente cuando su objetivo es garantizar que cada varón y cada mujer viva su vocación primordial, como esposa o esposo, como madre o como padre,  en la forma más humana posible, lo que equivale a decir “en la forma más cercana a la voluntad de Dios”. 


   Los diferentes actos, instituciones y leyes del Estado y de la sociedad que protegen el derecho a la libre elección del cónyuge, a contraer matrimonio, a formar una familia, a proteger la vida humana desde su concepción, y a garantizar la educación de la prole -por mencionar algunos de estos derechos fundamentales- indudablemente constituyen una prioridad gubernamental y civil que no puede ceder su lugar ante ninguna otra necesidad social. Es por eso que entre las condiciones básicas reconocidas por la Doctrina Social de la Iglesia para el establecimiento del Bien Común la primera es el reconocimiento y respeto del valor y dignidad de la persona humana, comprendiendo en tales conceptos tanto la vida en sí misma como la vocación humana primordial. Obviamente, los esposos/padres de familia católicos tienen la obligación de exigir a las entidades del Estado y a las de la sociedad el respeto y protección que les corresponden a la institución matrimonial y a la familia. 


VI,4. María, la Theotokos, punto obligado de referencia católica

   Cualquier consideración sobre la vocación primordial de la persona humana necesariamente conlleva un cierto dilema, común a varones y mujeres. No obstante que el varón, por su misma configuración corporal, no se verá nunca sujeto a las restricciones físicas ocasionadas en la mujer por la maternidad, es indudable que la vocación esponsal lo motiva al matrimonio y a la paternidad con igual fuerza que a la mujer. Pero precisamente por la relativa libertad física de la que goza, más fácilmente se verá tentado a eludir establecer la relación matrimonial y familiar, alegando para ello incentivos de tipo profesional o ideológico. La tentación de llevar una vida libre de compromisos afectivos y paternales puede llegar a ser altamente poderosa entre los varones. La idea, falsa pero sumamente extendida en ciertas regiones del mundo, de que el varón tiene “derechos sexuales” con los que no cuenta la mujer, únicamente sirve para intensificar en él la tentación de eludir el matrimonio y suplantarlo con “one night stands” o con una red de “amigas con derechos”. ¿Para qué someterse a una vida en la que esos “derechos” no podrán ser ejercidos a contentillo? La fuerza de la vocación esponsal del varón corre el peligro de ser disminuida por el egoísmo y el hedonismo. Y el dilema de la vocación primordial de la persona puede llegar a ausentarse totalmente de la atención de muchos varones. La mujer, por su parte, en las circunstancias actuales de promoción de los derechos de la mujer y acicateada por la atracción que siente por ser parte del mundo laboral, es quien más se ve en la necesidad de plantearse la disyuntiva de saber qué es más importante en su vida: la vocación esponsal a ser esposa y madre, o la de ser “mujer de carrera”. 


   Las dudas mencionadas en el párrafo anterior, y la falta de confianza en la ayuda de Dios, aunadas a todo tipo de problemas socioeconómicos ponen a muchos jóvenes ante la disyuntiva de contraer matrimonio y/o de empezar una familia.  Las estadísticas sobre población dejan en claro que esta falta de voluntad de seguir la vocación esponsal por parte de los jóvenes no únicamente repercute en el número de matrimonios que se celebran. Cada día hay menos nuevos matrimonios. Y menos varones y mujeres dispuestos a crear nuevas familias. Como resultado de ello, las tasas de crecimiento poblacional han llegado en algunos países a cifras tan bajas que harán imposible un adecuado reemplazo generacional, dando con ello lugar a serios problemas socioeconómicos que pondrán en peligro su sustentabilidad económica y política, y en algunos casos, hasta su misma existencia.


    Claro, existen otros factores que imposibilitan la correcta respuesta a la vocación esponsal de grandes sectores de la población. Podemos mencionar entre ellos las razones de simple supervivencia, las cuales son, lamentablemente, mucho más poderosas y ubicuas que la mera inclinación a ser parte de la vida laboral y a destacar en la vida profesional. La pobreza, la guerra, la persecución y otras calamidades vinculadas generalmente con el uso injusto de los recursos económicos y materiales en algunas regiones del mundo, pueden orillar a la persona a evitar comprometerse afectiva y sexualmente, y sobre todo a aceptar las responsabilidades paternales. 


    Eventualmente, tanto para las mujeres como para los varones católicos, este planteamiento sobre la prioridad vocacional es ineludible, puesto que sus decisiones vitales siempre deben ser tomadas a la luz de la verdad de Dios inscrita en sus personas… y ¿qué mejor que tomar a María, la Madre de Dios, como modelo de acción? 


   Algunos portavoces de movimientos feministas critican duramente a la Iglesia Católica por su insistencia en poner a María como modelo de vida cristiana porque, dicen, la imagen de la Theotokos únicamente sirve para dar continuidad a la imagen de la mujer que los varones han creado para subyugarla. En realidad es todo lo contrario. El Papa Juan Pablo II (Redemptoris Mater, 46) afirma: “La feminidad se encuentra en una relación singular con la Madre del Redentor… Se puede, por tanto, afirmar que la mujer, mirando a María, encuentra en ella el secreto para vivir dignamente su feminidad y actuar su verdadera promoción”. María ejerce plenamente su feminidad aceptando la voluntad de Dios sobre ella y convirtiéndose en la madre del Redentor. Con ello no solamente se promueve a sí misma como persona, sino que, además, colabora positivamente en mejorar la situación del mundo. Con el “sí” que pronunció ante el Arcángel Gabriel, María se hizo colaboradora de Dios en el trabajo de liberación de la humanidad, sirviendo de modelo a los varones y a las mujeres que se han comprometido con Dios en el gobierno y desarrollo del mundo. 


    Ella es la expresión más perfecta de cómo se debe manifestar la dignidad humana y de cómo realizar la vocación primordial. Lejos de ser el prototipo de la mujer sometida, ella es el prototipo de la mujer que, consciente de su feminidad y de su ser persona-mujer, se entrega totalmente a Dios en forma libre para que en ella se cumpla la voluntad divina. No fue por poquedad de ánimo o timidez que María se hace “esclava del Señor”. Todo lo contrario. Fue por fe y amor; porque sabía que al hacerlo haría realidad en ella de modo perfecto su vocación como mujer. En ella, gracias a su docilidad a la voluntad divina -“Hágase en mí según su palabra”- quedó dignificada de modo maravilloso la mujer. Y exactamente lo mismo se puede decir del varón que la imita a ella al someter libremente su masculinidad, su ser persona-varón, a la voluntad de Dios, tal como luego lo hizo Cristo: “Padre mío, hágase en mí tu voluntad”. 


  VI,5. La vocación personal

    Hay una única manera de responder fielmente a la vocación esponsal: en la entrega amorosa y total de uno mismo a una persona del otro sexo en el matrimonio y la familia. Por el contrario, la respuesta humana a la vocación al gobierno del mundo puede revestir infinidad de formas distintas. No obstante, desde la perspectiva cristiana, cualquiera que sea la forma como la persona participe en la tarea de conducción del mundo hacia su destino final, en el que todas las cosas serán recapituladas en Cristo (Ef 1,19), la forma elegida debe dejar a salvo la posibilidad de que la persona responda a su vocación esponsal. Pocas veces, y eso debido a una vocación peculiar, será más importante el ejercicio de una profesión que el cónyuge… y los hijos. La relación esponsal o paternal es por necesidad algo que una vez iniciada no puede disolverse ni ceder su lugar ante otra. Recordemos que en el matrimonio los dos esposos se convierten en “una sola carne”, que nadie puede separar, ni siquiera la actividad profesional, social, en pro del Bien Común. 


   Es evidente que alguna de las razones mencionadas arriba, como es el caso de la pobreza o la migración, pueden forzar a un matrimonio a vivir separados durante algún periodo de tiempo o a tener que aceptar condiciones laborales que hacen peligrar la fidelidad matrimonial o la estabilidad familiar. La historia está llena de tales dramas. En el presente párrafo, sin embargo, nos referimos a aquellas decisiones libres de uno o de ambos cónyuges que conducen a priorizar la vida profesional con riesgo de convertir en algo secundario la realización de la vocación primordial. Entre las causas más frecuentes de divorcio figura lo que se llama “proyecto personal”, que consiste en que el esposo o la esposa encuentra una veta de atracción profesional tan poderosa que, consciente o inconscientemente, los lleva a subordinar toda la interacción con el cónyuge y/o los hijos a la búsqueda de las satisfacciones que le proporciona el ejercicio de dicha actividad profesional. Las actividades políticas, deportivas y artísticas, sobre todo a nivel profesional, son algunas cuya práctica frecuentemente termina siendo un factor de disolución del matrimonio. Evidentemente tal cosa no es querida por Dios. Se trata de una tragedia para cualquier matrimonio, y de un gran perjuicio para la familia, sean sus miembros cristianos o no. Pero para el cristiano esa tragedia adquiere además una coloración de oposición voluntaria a la voluntad de Dios, que no sólo afectará al bienestar familiar, sino a la relación personal de cada uno de los esposos e hijos con Dios.


    La actividad profesional que cada miembro de la sociedad desarrolle para el sustento de la familia y para la construcción del Bien Común puede darse de mil formas distintas e incluso puede modificarse en el transcurso de la vida. Casi todos tenemos la experiencia de haber cambiado de trabajo y de vernos motivados por diversas razones a modificar las actividades que realizamos cotidianamente de modo profesional. Podemos haber estudiado para ser ingenieros, médicos, arquitectos, o cualquier otra cosa, y acabar ganando el sustento mediante actividades totalmente distintas a aquellas para las que nos preparamos académicamente. Esto nos deja ver que la vocación personal, entendida en el sentido de inclinación personal a ejercer alguna profesión en particular, es algo que no está vinculado a la naturaleza humana per se, sino a la persona individual, al contrario de la vocación esponsal, que está incluida en el “kit” de la humanidad en la que todos participamos. El criterio para determinar si la elección o el desempeño personal de una actividad profesional es acorde con la voluntad de Dios consiste en analizar en qué forma el ejercicio de esa profesión favorece -o entorpece- la vocación esponsal y la vocación a colaborar con Dios en el proceso de orientar el mundo hacia su punto final en Cristo. 


VI, 6. Dios es padre

  El hecho de que una de las revelaciones que hace Jesús en el Evangelio acerca de Dios es que es Padre, nos ayuda a ver la importancia de la paternidad. No es un detalle insignificante, entonces, que Jesucristo, Dios hecho hombre, decida hablar de la voluntad divina de salvación de la humanidad recurriendo a la figura del padre de familia, quien a pesar de todas las angustias y dolores que el hijo puede causarle, siempre está dispuesto a perdonarlo. Para empezar, en un par de versículos (Mt 10, 29-33) Jesucristo motiva a sus discípulos a confiar en Dios y a no tener miedo de seguirlo a Él, y les explica por qué: porque Dios es su padre y padre nuestro. 


“¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos”


Y san Juan (Jn 3,16) nos muestra de qué es capaz Dios, nuestro Padre, para salvar a sus hijos.


Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.”


   Y cuando Jesús enseña a sus discípulos a orar, en los evangelios de Lucas (Lc 11,2) y Mateo (Mt 6,9), inicia su plegaria diciendo “Padre”. La naturaleza humana, imagen de Dios, incluye la vocación a la paternidad. Ser conscientes de esta verdad sin duda ayudará a los esposos cristianos a ver el ejercicio de la paternidad en una dimensión que supera con mucho la de la pura relación biológica y afectiva con su prole. Las actitudes fundamentales de los padres podrán lograr mejores efectos en la medida en que, dentro de las posibilidades humanas, encarnen las actitudes de Dios Padre. 


  La consideración y el reconocimiento de Dios como Padre, por otra parte, indudablemente que desempeñará un papel importante cuando los esposos deban enfrentar problemas a la hora de ejercer la paternidad. La primera de las diez palabras del Sinaí (Dt 6,5), repetida luego por Cristo en varias ocasiones (Mt 22,37; Mc 12,39; Lc 10,27), exige del fiel para Dios, su Padre, un amor total, superior a cualquier otro. Esto es lo que pide Dios en el Deuteronomio, siglos antes del nacimiento de Jesús:


“Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza.”


   Estas son las palabras de Jesús según las transmite el evangelio de Mateo:


“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.”


    Amar a Dios sobre todas las cosas equivale a amar al Padre sobre todas las cosas, porque Él merece tal calidad de amor, y porque sabemos que un padre jamás abandona a sus hijos. Amar a Dios en esa medida es simple reciprocidad de parte del ser humano. El Padre Dios, cuya voluntad los esposos han decidido obedecer, nunca dejará que ellos tengan que enfrentar solos los problemas de la vida esponsal y familiar. A reserva de analizar cada caso en particular, habida cuenta que con frecuencia estos problemas son de una complejidad enorme, podríamos generalizar diciendo que el fracaso matrimonial, el divorcio, y el abdicar a la paternidad por medio del aborto, por ejemplo, son señales de que el amor de los esposos hacia el Padre Dios no está a la altura de la exigencia planteada por el Señor Jesús. De quienes terminaron su matrimonio por medio del divorcio, o por el abandono del cónyuge, u optaron por el aborto como solución a un embarazo no planeado y en circunstancias difíciles, se puede decir que prefirieron guiarse por sus sentimientos del momento, por las angustias, preocupaciones y consejos de otras personas, y apalancarse en sus recursos humanos, repletos de inseguridades, que abandonarse al amor del Padre, quien de seguro tiene una opción mejor, aunque ésta puede no ser la que los esposos esperarían. El abandono en las manos del Padre consiste en apegarse a su voluntad a pesar de que esta sea contraria a lo que parece ser el sentido común, confiando con certeza que ese abandono resultará en una solución mejor. Y aun cuando la condición humana, con sus angustias y temores, se convierta en el criterio principal en una decisión de ese tipo y se imponga a la voluntad divina, y a pesar de que, eventualmente, la equivocación humana quede manifiesta por sus dolorosas consecuencias, el Padre siempre estará esperando a los esposos que se han dado cuenta de su error para perdonarlos y ayudarlos a corregir el rumbo. Santa Teresita del Niño Jesús es una maestra cuando se trata de guiar a los cristianos en el camino del abandono de uno mismo en manos del Padre. “Permanecer pequeño delante del buen Dios es reconocer la propia nada, es esperar todo del buen Dios como un niñito espera todo de su padre” (Teresa de Lisieux, Derniers entretienes, 6 de agosto 1897). Evidentemente, el abandonarse a los cuidados del Padre Dios no es un invento de la pequeña Teresa. Es uno de los mensajes centrales de la Escritura. El Deuteronomio (Dt 32, 10-11), muchos siglos antes de Cristo, ya enseñaba a los hijos de Israel:


“En tierra desierta la encuentra, en la soledad rugiente de la estepa. Y la envuelve, la sustenta, la cuida como a la niña de sus ojos. Como un águila incita a su nidada, revolotea sobre sus polluelos, así Él despliega sus alas y te toma, y te lleva sobre su plumaje.”


   Claro que quien llevó la práctica del abandono en manos del Padre a su máxima expresión fue el Hijo del Hombre, Cristo. Y fue eso precisamente lo que lo convirtió en el Kyrios, Señor, como enseña san Pablo (Fil 2,6-11):


. "El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre. Y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz, por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre." 









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